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Los Virreinatos italianos

Para compensarle de la pérdida de la Embajada de Roma, Felipe II nombró a don Enrique de Guzmán, Virrey de Sicilia (1591 a 1595), quien tenía su residencia en el Palacio de los Normandos en Palermo. En julio de 1595 pasó a ser Virrey de Nápoles hasta 1599, el Palacio de los Virreyes era su estancia. En esta época los virreinatos italianos eran los más rentables después de los de las Indias. Su actividad política en ambos Virreinatos dejaron el recuerdo de una gestión eficaz y beneficiosa, se descubre en él las dotes de energía, prudencia, amor al pueblo, honestidad y capacidad organizadora, típicas de un gran político y antecedente clarísimo de las aficiones de su hijo y de todo lo bueno que éste demostró en su privanza. En ambos reinos realizó grandes obras públicas y reformas que mejoraron tanto la convivencia de los ciudadanos sicilianos y napolitanos. Doménico Antonio Parrino empieza su biografía así: “Si España gloriosamente se envanece de haber dado al mundo un Séneca, maestro de la filosofía moral, puede con mayor razón envanecerse de haber dado a sus Monarcas un ministro, oráculo de la política, como don Enrique de Guzmán, Conde de Olivares”. “Todas sus obras fueron gloriosas y magníficas”. Pietro Gianonne, historiador italiano decía de él lo siguiente: “El Conde de Olivares fue uno de los políticos más hábiles y más prudentes que tuvo España en estos tiempos”.

Por entonces don Enrique fue llamado “el gran papelista, por su gran experiencia, la facilidad que tenía para el despacho de los asuntos políticos y por estar siempre ocupado de pleitos públicos y rodeado de papeles y escrituras” según Gianonne. No se cansaba de dar audiencias. Era extremadamente minucioso y se esmeraba en resolver, él mismo, los menores pleitos de su mando. Fue extremadamente austero frente a la tendencia a las dádivas y contubernios, tan fáciles y frecuentes en aquel ambiente social. Emprendió grandes obras de reforma y ornato público. Intentó disminuir la licencia de las costumbres de la nobleza, el lujo y decoro en los trajes y tocados. Publicó cerca de treinta y dos pragmáticas, “todas por igual útiles y prudentes”, (Gianonne).

Estando en el gobierno de Nápoles le llegó a principios de octubre de 1598, una de las noticias que más dolor le causó en el transcurso de su carrera política, (71) la muerte de su amigo y señor el Rey Felipe II acaecida el 13 de septiembre en San Lorenzo del Escorial. El Virrey don Enrique decretó tres días de luto riguroso y un solemne funeral en la catedral de Nápoles, en el que participó activamente el pueblo napolitano, para dicha realización dispuso una gran celebración apoyada por artes visuales, orales y escritas. Los preparativos duraron varios meses por todo lo que hubo que organizar en un acontecimiento de tan elevado valor político y simbólico, no llegándose a celebrar el funeral hasta finales de enero de 1599. El Conde de Olivares mandó hacer un gran catafalco funerario en honor a Felipe II. Testimonio escrito del aparato con que se celebró oficialmente la muerte del Rey es el notable volumen titulado “La pompa funerale fatta in Napoli nell'essequie del Catholico Re Filippo II di Austria”, escrita por Octavio Caputi di Cosenza, 1599. (Encarnación Sánchez García).