La oposición a la Grandeza

Pero en la vida y gobierno de don Enrique hay otro rasgo importante, su animadversión a la nobleza. En el gobierno de Sicilia y Nápoles aparece, como un hombre afable, muy diferente del iracundo embajador de Roma. Se irritaba fácilmente con los personajes de la aristocracia. Atendía al último de los indigentes, pero según sus biógrafos, “no se cuidada para nada de la nobleza que llenaba sus antecámaras” y atacaba “particularmente la vanidad de los títulos”. Las severidades del Conde de Olivares, fueron tales que, habiendo hecho encarcelar al Marqués de Padua, el diputado Tuttavilla fue a España y acusó al Virrey de “las violencias contra la Nobleza” ante el Rey Felipe III, que acordó por estas y otras razones, sustituir al Virrey por el Conde de Lemos. La despedida popular fue entusiasta, y don Enrique, por las calles, gritaba al pueblo, “Me voy por defender vuestros derechos”.

La Grandeza de España era su obsesión, y la creía justa, después de sus servicios y los de su padre a la Monarquía y a España, este título le hubiera supuesto una posición incuestionable entre las grandes familias de Castilla. Le hicieron miembro del Consejo de Estado y Contador Mayor de Cuentas, oficios muy fértiles y elevados, pero no le dieron la Grandeza y con esta pena y rabia murió, aunque antes lo transmitió a su hijo don Gaspar, el cual tuvo siempre el ansia de cumplir este anhelo para sí y para honrar la memoria de su padre.

Fue don Enrique un buen administrador hasta el final de sus días, se preocupó de realizar las mejores disposiciones para el mantenimiento de sus bienes. Cuando su hijo don Gaspar de Guzmán heredó la Casa de Olivares, las rentas del Mayorazgo fundado por su abuelo en 1563 y aumentado por su padre tenían un valor anual de 60.000 ducados anuales equivalente a 170 millones de las antiguas pesetas.