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El Capilla Relicario de Olivares

El segundo hecho fue la paciente colecta de reliquias que llevaron a cabo los Condes de Olivares, siendo la Condesa, doña María de Pimentel la verdadera protagonista de esta labor. Las reliquias, según la historiadora e investigadora Juana Gil-Bermejo, fueron sacadas de Roma con licencia de los tres Papas anteriormente citados, e incluso en algún caso con la intervención del propio Rey Felipe II, también muy aficionado a coleccionarlas, formó un gran relicario en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

La Condesa se encargaba de visitar iglesias y monasterios en Roma, donde previa autorización encargaba la extracción de numerosas reliquias de santos y mártires, cada reliquia llevaba incorporada su “auténtica” o certificado de autenticidad de la misma. Desde su traslado de Roma a Sevilla se conservan tres inventarios, el primero de ellos está encabezado con el título de “Cargo de las reliquias que se han enviado para la Capilla de Olivares” y está fechado en 1595, el segundo fue mandado realizar por el tercer Abad de Olivares don Juan Bautista Navarro en el siglo XVII y el tercero fue redactado en 1827 por José Alonso Morgado y publicado en la revista Sevilla Mariana.

Estas reliquias están guardadas en relicarios en forma de brazos o cabezas de madera dorada, palmatorias, pirámides, fanales o arquetas, estas últimas algunas de plomo o madera dorada.

El relicario de Olivares, pasa por ser uno de los más completos de España. Las reliquias permanecieron guardadas, más de treinta años después de que llegaran desde Roma enviadas por los Condes, en la vivienda que en el Alcázar de Sevilla tenía el primer Abad, don Francisco Fernández Beltrán, mientras se edificaba su capilla.

Refiriéndonos a los Estatutos para la Colegiata, el propio don Gaspar de Guzmán dispone en ellos que dicha capilla debía colocarse junto al presbiterio, que la fábrica debía de ser de piedra y rematada en bóveda, y que debía tener dos puertas de rejas doradas a los lados, además de otra reja que separara la capilla de la entrada, forrada con una cortina de tafetán carmesí para proteger las reliquias del polvo. Igualmente establece que en dicha capilla se colocasen las alacenas y nichos necesarios con toda la decencia y adorno necesarios, así como que en el testero principal se hiciese un altar con un retablo en el que figurase el nombre de todos los santos, y donde se pudieran poner velas encendidas cuando fuese necesario. Por último, nos dice como debían exponerse y sacarse en procesión las reliquias, así como su custodia conjunta por el gobernador del Estado, el Abad y el tesorero de la iglesia.

En julio de 1632, tras morir el primer Abad, el Cabildo de la Colegiata comisionó al tesorero para que las recogiese con todas sus bulas y papeles. Las reliquias llegaron a Olivares en el mes de octubre procedentes del Alcázar sevillano y fueron depositadas en el palacio condal, en el cuarto donde tenía su aposento el Abad, hasta que en mayo de 1658 terminadas las obras de la colegial “llevaron a cabo la colocación de las reliquias con toda la solemnidad que conviene, con oficio de pontifical presidido por el Abad, rezando el común de los mártires con procesión general por la Villa llevando todas las reliquias”.

Además de las traídas a Olivares, también envío otra muy importante a San Isidoro del Campo en Santiponce; el cuerpo entero de San Eutiquio mártir, que le había regalado Sixto V y que fue trasladado en 1590 a Sevilla, aunque su entrega se realizó en noviembre de 1600 por el Capellán Mayor de Olivares el licenciado Gerónimo Abad Beltrán, quien cumplió, en nombre del Conde, la misión de su entrega al Prior del Monasterio de San Isidoro del Campo con celebre pompa que se conserva descrita en su arca funeraria. El acto estuvo revestido de gran solemnidad por el acompañamiento de caballeros, gran número de gentes del pueblo y la capilla de música de la catedral de Sevilla.