Nacimiento y niñez en Italia

A las doce del mediodía del martes seis de enero, día de los Reyes Magos del año 1587 nació, en Roma, (01) don Gaspar de Guzmán y Pimentel, tercero de los hijos de los Condes de Olivares. Vino al mundo en Roma, en el palacio de la Embajada de España. Los astrólogos dijeron que “la constelación en que había nacido indicaba que había de gobernar la Monarquía”. Ese mismo año murió en Salamanca su hermano mayor, don Pedro Martín, aunque tendría todavía por delante en la línea de sucesión de su Casa a su hermano don Jerónimo.

El historiador del siglo XVII y genealogista de los Guzmanes, Juan Alonso Martínez Calderón nos cuenta que se sortearon los nombres de los tres Reyes Magos, y el que salió, Gaspar, fue el que le pusieron en el bautismo, que se celebró, el 11 de enero en la (02) Iglesia de Santa María la Mayor, en la Vía Lata, oficiando el bautismo el cardenal Hipólito Aldobrandini, que más adelante sería Papa con el nombre de (03) Clemente VIII. La ceremonia se celebró con gran modestia, siendo padrinos “un pobre y una beata, huyendo de las vanas ostentaciones y prevenciones que para semejantes ocasiones se suelen prevenir”, continuando la costumbre que los II Condes de Olivares tuvieron en los bautismos de sus hijos.

Con solo cinco años, (04) Felipe II le hizo merced, mediante Real Cédula de 14 de septiembre de 1592, de un hábito de la Orden de Calatrava (05), con dispensa Papal por ser menor de edad.

Don Gaspar pasó su niñez en (06) Roma, (07) Palermo y (08) Nápoles hasta el año 1600, en que volvió junto con su padre a España. Le educaron para el estado eclesiástico, Clemente VIII el que le bautizó, favorecía esta decisión en 1604, haciéndole merced del arcedianato de (09) Écija y una canonjía en la (10) catedral de Sevilla y otras mercedes eclesiásticas, unas honoríficas y otras remuneradas, aunque de estos cargos no llego a tomar posesión.

 

Su paso por la Universidad de Salamanca

Al volver su familia a España, don Gaspar fue enviado a estudiar a Salamanca, en 1601, al cumplir catorce años. Su vida en la gran (11) Universidad, de la que llegó a ser rector en el curso de 1603 a 1604, es conocida por el interesante documento que su padre, envió a su pariente don Laureano de Guzmán, a quien nombró “Ayo, maestro y padre” del docente. Este precioso escrito nos ilustra plenamente y hora por hora, lo que hacía en Salamanca un estudiante de clase elevada. Le recomienda, por ejemplo, que visite todos los conventos y monasterios de la ciudad, (pero sólo los de frailes, no los de monjas), y da el orden en que ha de hacerlo y el traje que debe llevar, fija exactamente los zapatos y vestidos que se han de dar a cada criado y en qué época del año.

El boato de don Gaspar en Salamanca era principesco. Tenía a su servicio un Ayo, un pasante, ocho pajes, tres mozos de cámara, cuatro lacayos, un repostero, un mozo, otro de caballeriza, una ama, la moza para ayudarla y una mula para ir a las clases y a las visitas. Su padre soñaba con verle cardenal, y quién sabe si Papa.

La Universidad de Salamanca era, por entonces, un verdadero centro aristocrático.

La vida salmantina dejó una profunda huella en el espíritu de don Gaspar, dándole “una grande inclinación a todas las artes y buenas letras”, dice el historiador y amigo del Conde de Olivares, el Conde de la Roca, y una evidente erudición en materia de leyes. Allí acabó de perfeccionar el latín, que ya había cultivado durante su estancia en Italia.

En 1604, a los tres años de vivir, de estudiar y de soñar en su Universidad, cuando contaba 17 años de edad, murió en la villa toledana de (12) Oropesa, su hermano don Jerónimo y sin esperarlo pasó a ser el heredero de su Casa y Estado de Olivares.

 

Fallecimiento de su padre y boda con su prima Inés de Zúñiga

El Rey Felipe III le acababa de conceder el titulo de Comendador de Víboras, de la Orden de Calatrava.

Los primeros años de su nueva vida los pasó al lado de su padre, en la Corte, situada en (13) Valladolid. (14) Don Enrique, entregado a sus devociones y al cuidado de sus oficios de consejero y contador, instruiría al nuevo primogénito en los deberes de su hacienda, y seguramente haría con él, como hizo con el difunto don Jerónimo, viajes al Estado de Olivares “para irle introduciendo en las cosas de su Casa y Estado como quien le había de suceder en él”. Don Gaspar recibió de su padre la ambición del poder y la amargura de no haber alcanzado la Grandeza de España.

En marzo de 1607, murió don Enrique, cuatro días antes de su muerte, el 22 de marzo, su padre le otorgo su emancipación legal, considerándole “la persona idónea, hábil y suficiente para regir e administrar sus bienes”. Con sólo veinte años, inició toda una ofensiva de actos para impresionar a la Corte, siendo el primero el pomposo entierro de su padre, el cadáver fue depositado en el Noviciado de la Compañía de Jesús (153) de Madrid, que había fundado su tía doña Ana Félix de Guzmán, Marquesa de Camarasa.

Terminado el sepelio, comenzó a realizar los preparativos para casarse y dentro del mismo año, se celebro el matrimonio con (15) doña Inés de Zúñiga y Velasco, planeado por su padre en enero del mismo año y cerrado por la Condesa de Monterrey y su hijo don Baltasar de Zúñiga y Fonseca, embajador de Alemania y Francia. Doña Inés, prima hermana suya, era dama de la (16) Reina Margarita y, como dice el Conde de la Roca, el “tomar estado con tal persona aseguró en el Conde con más crédito la grandeza para su Casa, siendo loable costumbre de los Reyes hacer mercedes a las damas, y debidos, en particular, a la Condesa, por ser hija de un tan grande caballero, ministro y santo”. Las cualidades admirables de doña Inés hicieron de ella, una esposa amada y colaboradora eficaz de su marido. La conquista de la dama de la Reina fue fulminante y muy cara, pues don Gaspar gastó en servir y obsequiar a su novia, 300.000 escudos en tres o cuatro meses. Su hermana (17) doña Leonor María de Guzmán también se casaría con un hermano de doña Inés, (18) don Manuel de Fonseca y Zúñiga, VI Conde de Monterrey.

 

Los ocho años más felices, su juventud en Sevilla

Con el empeño de conseguir la Grandeza, transcurrieron los ocho años, desde 1607 a 1615, entre (19) Sevilla, atendiendo y cuidando su Casa y Hacienda, muy maltrecha por los gastos de representación y conquista de su mujer, y (20) Madrid donde tenía puestas sus pretensiones de afianzarse en Palacio. Entre una y otra ciudad llevó una vida ostentosa y de mecenas, rodeándose de los hombres de más ingenio de España. De esa época son también, sus habilidades ecuestres, que eran notables, pues don Gaspar pasó por ser el mejor jinete de su tiempo, y cabalgó casi hasta el día de su muerte. Así como sus aficiones taurinas, como gran caballista que era, asistiría a las faenas camperas del toro bravo durante su privanza y a apartar las reses en las dehesas próximas a Madrid, cuando la corrida de toros era de mucha responsabilidad.

En estos años de estancia en Sevilla el joven Conde de Olivares, conoció las tierras de sus dominios y los lugares de su Condado. Aunque hasta la fecha no hemos encontrado prueba documental, me atrevo a afirmar que durante estos ocho años de estancia en Sevilla, don Gaspar de Guzmán visito con frecuencia su villa de Olivares centro de su “Estado”. Constituyó una importante tertulia en el Alcázar sevillano, donde se reunía con poetas, pintores y hombres de la cultura de la ciudad como (22) Francisco Pacheco, su yerno (23) Diego Velázquez, (156) Juan de Jáuregui, (167) Diego Jiménez de Enciso, Francisco Morovelli, (24) Baltasar de Alcázar, Francisco de Calatayud, (25) Fernando de Herrera o el gran poeta (26) Francisco de Rioja, quien sería su amigo personal, consejero y bibliotecario durante los largos años de valimiento y cuando cayó en desgracia estuvo con él hasta el final de sus días. Estas reuniones y tertulias se realizaban en el Alcázar y en la (21) Casa de Pilatos.  Como uno más del grupo de eruditos compuso versos, los demás poetas le llamaban, “con el nombre arcádico de Manlio”, en alusión al famoso romano Manlio Capitolino.

Según el Conde de la Roca, don Gaspar quemó los originales de sus versos en 1626, en sus primeros años del ministerio de Felipe IV, aunque algunos de ellos se salvo de las llamas de la chimenea de Palacio.

 

Gentilhombre del Príncipe Felipe

Su padre fue gran administrador de su hacienda, y los testamentos de él y de su mujer, demuestran que esa fortuna era considerable, “Una de las grandes dotaciones del reino”, la llama Martínez Calderón. El historiador alemán (27) Emilio Hübner evalúa las rentas del Conde, “cuando estaba en Roma, en 40.000 escudos, más el sueldo del embajador, que Felipe II dotó con largueza”.

El joven y ambicioso Conde tuvo descuidada en un principio su hacienda, hasta el punto de que en 1611 hubo de solicitar un empleo. Tanto el Conde de la Roca como Martínez Calderón nos dicen que (28) don Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, I Duque de Lerma y su hijo (29) don Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda, I Duque de Uceda, le propusieron en 1611 la Embajada de Roma, para cuyo desempeño suplía la falta de edad, veinticuatro años, con “la gran capacidad y talento que siempre demostró en todo género de letras y negocios”. El Duque de Lerma, desconfiado del auge que iba adquiriendo el joven Conde, pretendía que ofreciéndole un brillante empleo, alejarle de sus ambiciones de Palacio, don Gaspar que fue siempre receloso, advirtió la intención a tiempo y prefirió quedarse en España, a pesar de la atracción que para él significaba la Embajada de Roma, aún en el recuerdo de su padre.

Transcurrieron así cuatro años, hasta que, en 1615 (163), se celebraron las bodas de (30) Ana de Austria, hija de Felipe III, con el Monarca francés (31) Luis XIII ambos con 14 años, en Burdeos y las de (32) Isabel de Borbón de trece años, hermana de éste, con el (166) Príncipe don Felipe que contaba 10 años, futuro Felipe IV, en Madrid.  Con tal motivo hubo que poner Casa al Príncipe, y fue nombrado uno de sus seis gentileshombres el Conde de Olivares.

 

Visita fugaz desde Lisboa a Sevilla

En 1619 se organizo el viaje de los Reyes a Portugal para asistir a las (33) Cortes de Lisboa, que debían jurar fidelidad al heredero. En la lista de la comitiva figuraba como jefe el Duque de Uceda, como Ayo del Príncipe, (34) don Baltasar de Zúñiga, y a su lado don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares. En el documento oficial aparece, junto con el Conde de Saldaña, con el (35) Marqués de Castel-Rodrigo, con el Conde de San Esteban y otros más, pero él era hombre de confianza, siempre apoyado en la lealtad de su tío don Baltasar.

Cuando los carruajes con la comitiva real (179) llegaron a la capital portuguesa, don Gaspar tuvo una de sus impulsivas huidas y se marchó desde Lisboa a Sevilla. El pretexto oficial fue que el estado de su hacienda sevillana hacía muy conveniente su presencia y cuidado directo. Por un tiempo no muy largo, volvió el Conde a Sevilla (154) donde se halló muy bien. Allí encontró a sus antiguos amigos, a sus añoradas tertulias y a su mecenazgo, le fue muy gratificante reencontrase con los poetas conocidos y con el ambiente de Sevilla, al que tanto quiso. Volvió a sus gustos de mecenas, costeando la impresión de las poesías de Fernando de Herrera (35B), prologadas por Francisco de Rioja y dedicadas a él.

La posible razón de este alejamiento de la corte fue una de las depresiones melancólicas que tuvo en el curso de la vida. Hay un párrafo muy significativo del Conde de la Roca, al referir esta corta estancia sevillana, “La ausencia de la Corte y de Palacio, las comodidades de su autoridad y gusto, que renunció en Sevilla, la naturaleza que, tal vez, si la dejamos obrar, se contenta con lo que basta, el mal estado en que halló su hacienda, la consideración propia y ajena, que le hizo demostraciones, según la presente justicia, de que ninguna le podía ser ganancia más cierta que la de retirarse del real servicio, porque los sabios, de sí mismos procuran alcanzar sus riquezas y no de la fortuna, y esto lo conseguirán estándose en casa, desempeñándola con economía, y otras iguales razones, tuvieron al Conde casi resuelto a seguirlas y quedarse por morador de Sevilla”.

Pero su visita por sorpresa a Sevilla se iba a acabar pronto. Felipe III, de vuelta de Lisboa, enfermó gravemente en (36) Casarrubios del Monte, Toledo, y don Baltasar llamo de inmediato a su sobrino, por si ocurría, como temieron todos, la muerte del Rey, que estaba desahuciado por los médicos. No quiso Olivares, al principio, obedecer porque realmente le costaba arrancarse de su paz sevillana.

Milagrosamente, dicen las crónicas, mejoró el Rey y pudo llegar a Madrid. Con estos augurios aumentó la tensión de las intrigas palatinas en el año y medio que medió hasta la muerte del Monarca. El Conde, requerido de nuevo por su tío, se presentó en la Corte.

 

Muerte de Felipe III y triunfo del Conde de Olivares

Hubo varias alternativas en el favor del Rey agonizante y en el del Príncipe para el Conde recién llegado. Pero se veía claramente que, Olivares se afianzaba cada vez más.

A finales de marzo de 1621 el Conde de Olivares, se había encerrado con el Príncipe Felipe, asustado por la gravedad del rey, le había pedido permiso para irse otra vez a Sevilla aquella misma noche. No quería tomar ninguna responsabilidad en el suceso que se acercaba, se sentía sin salud y sin ambición. Pero el Príncipe no podía, prescindir de él y le suplicó que se quedase. “Si Dios se lleva al Rey, Conde, sólo de vos he de fiar el mucho embarazo del gobierno, porque estoy persuadido de que podéis desempeñarle”.

Cuentan las crónicas históricas, que llegado el día, el Duque de Uceda vagaba solo por los alrededores de la cámara regia, se encontró poco antes de la muerte del Rey, al Conde de Olivares. “¿Cómo van las cosas del Príncipe?”, le pregunto a don Gaspar, y este sin poder reprimir la ambición satisfecha, respondió, “Todo es mío”. “¿Todo?”, replicó el Duque. “Todo, sin faltar nada”, dijo el Conde.

El 31 de marzo de 1621 moría Felipe III, a los cuarenta y tres años.

Con la llegada al trono de Felipe IV, pasa a ser consejero del Rey, don Baltasar de Zúñiga aunque el valimiento era del Conde de Olivares.

Cuando el 7 de octubre de 1622 fallece don Baltasar de Zúñiga todo parecía indicar que su sobrino lo sucedería en el cargo, pero contrariamente a lo que se daba por seguro en la corte, Olivares rechazó el cargo aceptando en cambio otros puestos como un lugar en el Consejo de Castilla. Se nombró un triunvirato para que se hiciera cargo de las decisiones del poder, tras del cual aparecía la sombra de Olivares, aunque este no parecía muy interesado en ocupar el cargo de valido para evitar cualquier comparación con Lerma. Pero la situación aceleró la necesidad de que Olivares ocupara el cargo de ministro principal del Rey, cuando a finales de 1623 viene a España en visita oficial del príncipe de Gales con el Duque de Buckinghan (36B), principal ministro del Rey inglés. Hacía falta que en esta visita Buckinghan se encontrara con un equivalente español, y el candidato idóneo tanto por su preparación como por la confianza del Rey era Olivares. Con esta visita vemos como enseña que este fenómeno del valido no es únicamente hispánico, ya que el Conde Duque pertenecía a la generación de consejeros reales que se prodigaba en toda Europa, como el mencionado Buckinghan en Inglaterra o el cardenal Richelieu en Francia. Olivares, como ellos, cree en las grandes posibilidades que ofrecía una organización más racional del Estado, y reflejó en su programa político en este empeño. Así pues, Olivares se plantea el comenzar las reformas desde arriba del Estado, hasta alcanzar al menos el nivel de esplendor logrado con Felipe II. La visión de éste era la de una sociedad justa y equilibrada.

A partir de ese momento, y durante veintidós años, el nuevo Rey aparecerá siempre a la sombra de su Valido, personaje serio, robusto, de negros ojos brillantes y de gesto autoritario y brusco.

El doctor e historiador, (37) Gregorio Marañón nos describe así al nuevo privado, “La aptitud de mando y eficacia burocrática habían encontrado un cauce real. Joven aún, aunque con la salud quebrada y achacosa, experto en letras, en intrigas, en conocimiento de los hombres, con buena herencia de talentos políticos y de virtudes sociales, bien casado, sin adversarios temibles en aquella Corte y dueño del ánimo de un Rey sin voluntad”.

Por su parte el profesor (38) Sir John Elliott lo imagina de esta manera, “Continuamente ocupado en dictar memoriales a sus secretarios, en asistir a junta tras junta en sus habitaciones, apresurándose por los pasillos de Palacio con un fajo de papeles en la mano y mas papeles prendidos en la cinta del sombrero”, con todo este ajetreo de los primeros años de su privanza y mezclado con el laborioso programa de reformas, el Conde de Olivares no olvidaba sus propios asuntos y acrecentamiento de su Casa.

 

La Grandeza para Olivares

A los doce días de su llegada a la privanza, obtuvo para su Casa la tan ansiada Grandeza de España, el nuevo monarca Felipe IV hizo cubrir a don Gaspar con su sombrero en su presencia.  Así no lo describen los historiadores de la época, “Uno de los primeros días del luto que el Rey pasó en el (39) Monasterio de San Jerónimo, el sermón versó sobre el deber de pagar con convenientes recompensas los servicios prestados. Después del sermón Felipe se sentó a la mesa. La sala estaba llena de nobles y entre ellos se encontraba el Duque de Uceda, aún no expulsado definitivamente de la Corte. Cuando acabó la comida, Olivares, que estaba probablemente en el secreto de lo que iba a pasar, se deslizó discretamente detrás de los otros nobles. El Rey le vio y le dijo: Obedezcamos los consejos del predicador. ¡Conde de Olivares, cubríos! Olivares se cubrió y arrodillo a los pies del Rey, y lo mismo hizo su tío y los demás de su casa que estaban presentes, confundidos del honor que recibía la familia”. En este tiempo Felipe IV le nombra Sumiller de Corps, (Camarero Mayor), unos de los oficios más importantes de palacio en sustitución del Duque de Uceda, este cargo le obligaba a vestir y desvestir al Rey, y por ello recibió la “Gran llave de la Cámara del Rey”, que siempre llevaría colgada en el cinturón y con la que aparece retratado en algunos de los cuadros de Velázquez. En diciembre de 1622 el monarca le nombro Caballerizo Mayor, esta responsabilidad conllevaba el acompañamiento del Rey en todas sus salidas fuera de palacio. Igualmente le fueron expedidos los privilegios que mejoraban su posesión de la alcaldía de los Reales Alcázares y Atarazanas de Sevilla, entre las que destacaban que dicha alcaldía quedase perpetuamente incorporada por juro de heredad a su Casa y Mayorazgo, e igualmente la jurisdicción para la administración del agua que llegaba al Alcázar a través de los (40) Caños de Carmona.

Olivares contra los Grandes y primeras medidas moralizadoras de la vida pública

Tras conseguir la Grandeza avivó el resentimiento de los Grandes nobles hacia él.

Toda su vida pública fue una lucha contra los Grandes, movida por el rencor de agravios directos a su Casa y el concepto que tuvo don Gaspar de Guzmán de la poca capacidad de la aristocracia española. Siri, nos dice que “prefirió siempre para los grandes empleos a las gentes de condición mediocre y no las que pertenecían a las primeras Casas de España”. El mismo Siri indica que actuaba con familiaridad extrema con el pueblo, en contraste con la altivez que guardó siempre con los nobles. En el testamento del Conde Duque todos sus recuerdos son para hombres del estado llano, salvo los aristócratas de su propia familia.

En 1622, Olivares impulsó un decreto que obligaba a todos los que habían ejercido funciones públicas desde 1592 a proporcionar un inventario de su fortuna, todos los cargos públicos estaban obligados a declarar su patrimonio a comienzo y final de su gestión.

Planifico una serie de medidas moralizadoras de la vida pública, en primer lugar la persecución de los antiguos gobernantes. La acogida de esta medida contra el Duque de Lerma y los suyos fue de entusiasmo para el pueblo. Las víctimas principales de la campaña moralizadora fueron el propio Duque de Lerma, que se escapo de algo peor al haber conseguido el hábito cardenalicio, sufrió el destierro y una multa de un millón de ducados, muriendo poco después. El hijo de Lerma, el Duque de Uceda, también fue desterrado, muriendo preso en Alcalá de Henares en 1624. La persecución y prisión del famoso (41) don Pedro Téllez-Girón y Velasco, III Duque de Osuna, fue también muy impresionante para el pueblo, por la inmensa autoridad que gozaba, por sus apellidos y por su vida principesca. Pero la víctima de este período fue (42) don Rodrigo Calderón de Aranda, I Marques de Siete Iglesias, que fue ejecutado en el (43) cadalso de la Plaza Mayor de Madrid.

Otro rasgo típico de esta fase fue la creación de Juntas, encargadas de renovar, de arriba abajo al país, incluso había una llamada de Reforma de las costumbres (1622), con la que, se proponía atajar la terrible inmoralidad de la vida española. Todo su programa está contenido en el manifiesto que dirigió al Rey y al pueblo en noviembre de 1621, pues se difundió por toda la nación, equivalente a lo que hoy llamaríamos una Declaración de Gobierno.

 

Años de continuas de guerra

Otra medida de este período fue romper la paz que Felipe III venía sosteniendo, y comenzar de nuevo las guerras europeas, abriendo las hostilidades contra Holanda.

Dice Roca que, “los primeros días del gobierno salieron admirables órdenes que, como miraban a revocar y poner en orden los abusos padecidos, todos las aclamaban, y se levantaban por las mañanas las gentes con hambre de orden nuevo”.

Todo parecía cambiar, de la guerra llegaban buenas noticias, como la de la (44) batalla de Fleurus (1622), que resucitaban el entusiasmo, hacia los tercios españoles. Los diecisiete años de este período fueron de continua guerra en casi la totalidad de las tierras de España, Flandes, Alemania, Italia, Francia o América, e incluso de ataques al territorio peninsular, como (45) el de los ingleses a Cádiz en 1625. En luchas largas y encarnizadas, los ejércitos de españoles, mal pagados y mal dirigidos, molestos del desorden del Estado, sufrieron derrotas casi nunca deshonrosas, pero costosísimas, aunque  también tuvieron horas de triunfo, como (46) la rendición de Breda, por Spínola (1625), (47) la victoria de Nordlingen ganada por el hermano del Rey, el Cardenal-Infante (1634), y el (48) el socorro de Fuenterrabia (1638), en el que aunque desde Madrid, intervino muy directamente el mismo Conde Duque de Olivares, adjudicándose a sí mismo, entre honores y mercedes extraordinarios, el de hacerse (49) retratar por Velázquez, el famoso retrato ecuestre del Prado.

 

La política de Interior y exterior de Olivares

Erradicar la corrupción y satisfacer las demandas de los reinos serian los dos pilares de la política interior del Conde Duque de Olivares y Felipe IV, entre 1621 y 1626

En agosto de 1622 convoca Olivares la denominada “Junta Grande de Reformación”, esta junta la componían los presidentes de todos los consejos y las más destacadas personalidades de la política del país y cuyo fin era el de realizar la reforma económica y financiera del reino, comenzando por la Casa Real.

Las buenas intenciones del Conde Duque con estas series de reformas económicas y sociales eran imprescindibles si se quería que la presencia de la Monarquía hispánica en los asuntos europeos fuese la que correspondía a una potencia de primer rango.

Las reformas que se proponía era, “la reducción en dos tercios de los escribanos, recaudadores y alguaciles, el recorte de los empleos palatinos, la moderación en las dotes y en los gastos suntuarios de los súbditos, el traslado a sus señoríos de la nobleza cortesana y el freno a la emigración para evitar que los pueblos queden abandonados. También aconseja conceder exenciones fiscales y privilegios a los artesanos que se instalen en España, siempre que sean católicos, a los matrimonios jóvenes y a los que tengan seis o más hijos varones, y sugiere que las fundaciones de caridad proporcionen una ayuda económica para las dotes de huérfanas y doncellas pobres”.

Junto a estas propuestas, la Junta Grande recomendó la adopción de medidas proteccionistas para la industria castellana y la creación de Erarios y Montes de Piedad al estilo del Monte Fideicomiso de la Casa de Olivares creado por su padre.

En principio estas medidas fueron acogidas con alegría y después fueron desacreditadas.

El programa político del Conde Duque de Olivares está contenido en el Gran Memorial que presentó al Rey, el 25 de diciembre de 1624. En él consideraba, que la autoridad y reputación de la Monarquía se encontraban muy deterioradas, y proponía un plan de reformas encaminadas a reforzar el poder real y la unidad de todos los territorios, interiores y exteriores, que dominaba, con vistas a un mejor aprovechamiento de los recursos.

Según el prestigioso historiador Sir Jhon Elliott, Olivares era consciente de que la realización del proyecto que había expuesto en el “Gran Memorial” requeriría mucho tiempo, y “mientras tanto la Monarquía tenía que ser defendida y Castilla aliviada de parte de su pesada carga. Por esta razón elaboró un segundo proyecto, de un alcance menos ambicioso, conocido como la Unión de Armas”.

 

Parte del texto que Olivares presento a Felipe IV decía así:

“Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona sino que trabaje y piense con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo.

(……) conociendo que la división presente de leyes y fueros enflaquece su poder y le estorba conseguir fin tan justo y glorioso, y tan al servicio de nuestro señor (extender la Religión Cristiana), y conociendo que los fueros y prerrogativas particulares que no tocan en el punto de la justicia (que ésa en todas partes es una y se ha de guardar) reciben alteración por la diversidad de los tiempos y por mayores conveniencias se alteran cada día y los mismos naturales lo pueden hacer en sus cortes, (…) se procure el remedio por los caminos que se pueda, honestando los pretextos por excusar el escándalo, aunque en negocio tan grande se pudiera atropellar por este inconveniente, asegurando e! principal (…).

Tres son. Señor, los caminos que a Vuestra Majestad le pueden ofrecer la ocasión (…)

El primero. Señor, y el más dificultoso de conseguir (pero el mejor pudiendo ser) sería que Vuestra Majestad favoreciese los de aquel reino, introduciéndolos en Castilla, casándolos en ella, y los de acá, allá y con beneficios y blandura, los viniese a facilitar de tal modo, que viéndose casi naturalizados acá con esta mezcla, por la admisión a los oficios y dignidades de Castilla, se olvidasen los corazones de manera de aquellos privilegios que, por entrar a gozar de los de este reino igualmente, se pudiese disponer con negociación esta unión tan conveniente y necesaria.

El segundo sería, si hallándose Vuestra Majestad con alguna gruesa armada y gente desocupada, introdujese el tratar de estas materias por vía de negociación, dándose la mano aquel poder con la inteligencia y procurando que, obrando mucho la fuerza, se desconozca lo mas que se pudiere, disponiendo como sucedido acaso, lo que tocare a las armas y al poder.

El tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándose Vuestra Majestad con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se hubiere de hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente, y en ocasión de sosiego general y prevención de adelante, como por nueva conquista asentar y disponer las leyes en conformidad con las de Castilla y de esta misma manera irla ejecutando con los otros reinos.(…)

El mayor negocio de esta monarquía, a mi ver, es el que he representado a Vuestra Majestad y en qué debe Vuestra Majestad estar con suma atención, sin dar a entender el fin, procurando encaminar el suceso por los medios apuntados”.

En opinión de Olivares, la eficacia de los ejércitos de la monarquía, sostén de su hegemonía en Europa, dependía de la capacidad para movilizar los recursos de los reinos de España, tendiendo a una administración más ejecutiva y centralizada, para conseguir más recursos financieros. El proyecto de Monarquía más cohesionada y más ejecutiva no llegó a hacerse realidad, por la oposición de los poderes locales representados en las Cortes. Pero ello no hizo desistir a Olivares de su política exterior, encaminada a recuperar el dominio de los Países Bajos y la supremacía sobre Francia.

Olivares protagonizó entre 1627 y 1635 un último intento de imponer sus reformas por la vía autoritaria, pero las resistencias fueron mayores, esto unido a las derrotas militares, desprestigiaron al valido. Ello provocó en 1640 las rebeliones simultáneas de Portugal, que conduciría a su independencia, y la rebelión de Cataluña, que no sería sofocada hasta 1652.

 

Erección a Colegiata de la Capilla Mayor de Olivares

Al heredar la Casa de Olivares en 1607, el flamante nuevo Conde de Olivares, se propuso elevar el rango de la Capilla Mayor que había fundado su padre, en 1590) bajo la advocación de Santa María de las Nieves. Nada más llegar al poder como valido del Rey Felipe IV, propuso a Roma la erección de dicha capilla a Colegiata, merced que obtuvo del Papa Urbano VIII (128) mediante bula expedida el 1 de marzo de 1623 en la Ciudad Eterna, aunque dichas bulas no llegarían a España hasta 1625. Posteriormente, en enero de 1626,  el Conde Duque redacto unos minuciosos Estatutos para la Colegial, aprobados por la Santa Sede, en ellos se especificaban las funciones del Abad, dignidades y canónigos, las fiestas que se debían celebrar, los altares que debía haber en la colegial, el principal dedicado a la Virgen de las Nieves, el del Nacimiento, la Adoración de los Reyes, las imágenes de Santo Domingo de Guzmán, San Nicolás de Bari, San Diego de Alcalá, Santa Teresa de Jesús, Santa Inés y San Blas, en estos estatutos son muy interesantes los capítulos dedicados al enterramiento tanto familiar, como el de los religiosos y a la capilla de las Reliquias.  Don Gaspar de Guzmán doto a la colegial mediante escritura con una cantidad de 1.500 ducados de vellón. La Colegiata de Olivares fue declarada “Nulius Diócesis” (129), siendo filial y agregada a la Basílica de Santa María la Mayor de Roma (130) y por ello tenía facultad para usar sello propio (en el que figuraba la escena del Nacimiento del Señor) y escudo de armas. La disposición eclesiástica establecía que la Colegiata quedaba exenta de la jurisdicción ordinaria y como tal se nombro Abad Mayor Mitrado, ejerciendo jurisdicción sobre los pueblos asignados a su territorio, estos fueron Olivares, Albaida, Sanlúcar la Mayor, Castilleja de Guzmán, parte de Castilleja de la Cuesta y la desaparecida villa de Eliche.

Además del Abad tenía un Cabildo compuesto por cuatro dignidades (Arcediano, Chantre, Tesorero y Maestrescuela), ocho canónigos, doce racioneros, doce capellanes y otros ministros auxiliares.

La erección de la Colegiata provoco una serie de pleitos con el Cabildo de la Catedral de Sevilla, por la percepción de tributos y los diezmos, que duraría todo el período de su historia.

 

Títulos, Mercedes y Adquisiciones para el Conde Duque de Olivares

Una de las primeras concesiones al Conde de Olivares fue el patronazgo perpetuo del (50) Colegio Santa María de Jesús, hoy Universidad de Sevilla, establecido mediante escritura de contrato, otorgada el 2 de mayo de 1623 entre el propio Gaspar de Guzmán y el colegial Juan de Álvarez Serrano, catedrático de prima de Cánones del propio colegio de “Maese Rodrigo”, como se le conocía. Este título le proporcionaba prestigio social, pero no beneficios económicos directos. El Conde de Olivares, como protector de este Colegio sevillano, gestiono y consiguió para él la concesión de la categoría de Colegio Mayor e intento proporcionar a sus graduados que ocupasen puestos importantes en la administración del Estado, con la intención de romper el monopolio que mantenían los Colegios Mayores de Salamanca y Valladolid.

Poco después, el 27 de julio de 1623, se le hizo merced (51) del título de Gran Canciller y Registrador Perpetuo de las Indias, la naturaleza de este título tenía cuatro particularidades, era vitalicio, con ejercicio propio, por juro de heredad y era ejercido por lugartenientes. Pero el asunto más importante a nivel personal que tuvo don Gaspar de Guzmán en estos primeros años de la privanza, junto a la Grandeza, fue (52) la compra del señorío de Sanlúcar la Mayor que había sido un intento frustrado por su abuelo, el I Conde de Olivares, y con cuya adquisición aumentaría de manera considerable sus dominios señoriales en su Estado. En diciembre de 1623, se fechan los primeros asientos de la compra de esta villa de la comarca del Aljarafe, limítrofe con las tierras de Olivares, aunque la posesión fue realizada por un representante del Conde el 21 de marzo de 1624. El precio de la compra se ajusto en 11.193.000 millones de maravedís, en que fueron tasados sus casi ochocientos vecinos, a los que fueron añadidos al año siguiente casi veinticinco millones más por la adquisición de las rentas de las alcabalas del propio lugar. El Conde solicito y recibió del Rey Felipe IV, en enero de 1625, el titulo de Ducado para la villa sanluqueña, A partir de ese momento el Conde de Olivares empezó a ostentar el título de Conde Duque, la nobleza española comenzaría a llamar a don Gaspar como el Conde Duque de Olivares, con el que es conocido en la historiografía y ha pasado a la posteridad.

Cuatro años más tarde y por expreso deseo esposa de doña Inés de Zúñiga, el Conde Duque consiguió el título de ciudad para Sanlúcar la Mayor.

En agosto de 1624, el Conde de Olivares obtuvo de Felipe IV la concesión del título del Marquesado de Eliche para su única heredera en ese momento, su hija María, a la que se lo obsequiaría como regalo de boda.

El 10 de octubre de 1624 los Condes de Olivares, provistos de facultad real, otorgaron una primera escritura de acrecentamiento del Mayorazgo de su Casa, en la que junto a la Grandeza de España y el marquesado de Eliche, agregaron los bienes siguientes, la Alcaldía de los Reales Alcázares (168) y Atarazanas de Sevilla, el oficio de Gran Canciller y Registrador Perpetuo de las Indias, el señorío de Sanlúcar la Mayor, el señorío de las villas de Cantillana, Brenes y Villaverde. Igualmente incorporo varios títulos honoríficos como, el de Protector del Estudio y Universidad de Sevilla o Colegio de Maese Rodrigo, ubicado en lo que hoy es la iglesia de la Anunciación de Sevilla, el patronazgo de los franciscanos descalzos de San Diego de Andalucía, el patronazgo de la fundación de (55) Nuestra Señora de Consolación de Utrera, y por último las joyas procedentes de regalos valorados en 35.000 ducados.

Al mismo tiempo el Conde Duque de Olivares llevo a cabo la fundación de un nuevo Mayorazgo para su hija con el nombre de (56) Mayorazgo de Medina de las Torres, adquiriendo esta villa de la provincia de Badajoz, a la que elevo a ducado.

El 8 de mayo de 1625, una Real Cédula firmada en Aranjuez por Felipe IV, otorgo a don Gaspar de Guzmán, del oficio de Ensayador Mayor de la (57) Casa de la Moneda de Sevilla, para cuando quedase vacante por parte de su poseedora, la Condesa de Valencia, doña Juana Manrique.

Otro de los asuntos que quedaban pendientes era la compra de la calle Real de Castilleja de la Cuesta, que había sido el segundo intento fallido de su abuelo junto con la compra de Sanlúcar. En 1624 el Conde de Olivares solicito de la Real Hacienda la compra de dicha calle de Castilleja, que pertenecía al término concejil de la vecina Villa de Tomares, de la que dependía a efectos municipales, aunque se hallaba pegada a las casas de la Villa de Castilleja. Una Real cédula de 11 de diciembre de 1625, ordenaba que se le diese al Conde de Olivares la posesión de la calle realenga de Castilleja de la Cuesta, con el señorío, vasallaje, jurisdicción y término añadido a la parte de la propia Villa que él ya poseía, tomaron posesión de la misma Pedro Ramírez Fariñas, asistente de Sevilla y Luis Portocarrero, Conde de la Palma, a quienes el Conde había apoderado.

En noviembre de 1625, se le hizo al Conde Duque de Olivares de nuevas mercedes, Alguacil Mayor de la ciudad de Sevilla, Alcaide de la cárcel de la (58) Casa de Contratación de las Indias de Sevilla, así como el de Escribano Mayor de la misma.

El 5 de enero de 1626, lo Condes de Olivares otorgaron la escritura de fundación del (132) Monasterio de monjas agustinas de la Concepción Dominica de Castilleja de la Cuesta, por iniciativa de la Condesa doña Inés, este convento estuvo ubicado en lo que hoy ocupan unos jardines y el Ayuntamiento de Castilleja de Cuesta, en la calle Convento de esta localidad. Las monjas que formaban el cuerpo de la congregación fueron traídas desde los monasterios de monjas agustinas recoletas de Valladolid y Palencia.

Este mismo día de 1626, y con la presencia en la corte del (59) primer Abad de la Colegiata de Olivares, Francisco Fernández Beltrán, el Conde Duque otorgo una escritura de donación a la Colegial olivareña de una renta de 1.500 ducados anuales.

El 6 de enero de 1626, fecha del 39 cumpleaños del Conde Duque de Olivares, se le otorgaron los patronazgos del Colegio de Santo Tomas de Atocha (131) y del Seminario de los ingleses de Madrid, para él y para los sucesores de su Casa y Mayorazgo.

El 1 de febrero de 1626 los Condes de Olivares llevan a cabo la fundación de un Convento franciscano bajo la advocación de la Expectación de Nuestra Señora en Olivares, con la asistencia del Cabildo de la Colegiata y de los representantes de los patronos, eligiéndose como primer Guardián a fray García de Aguilar. El lugar elegido para establecer dicho Convento fue un conjunto de casas contiguas al palacio (63) que los Condes tenían en la Plaza Mayor de Olivares, junto a la Colegiata, y que podemos situar hoy entre las calles Inés de Guzmán y Constitución. Dadas las prisas con las que se llevó a cabo la fundación, se eligió una sencilla habitación para instalar el oratorio, según indica el cronista, con la promesa de los Condes de continuar más adelante la construcción de la fábrica con mayor formalidad. Debido a que el hecho que había propiciado la fundación del convento fue el embarazo de la marquesa de Eliche, su madre la Condesa de Olivares, decidió encargar en 1625 posiblemente al escultor Francisco de Ocampo, la realización de una imagen de la Virgen representada en el misterio de la Expectación para que presidiera el oratorio del nuevo convento de Olivares, la escultura fue estofada y policromada por el pintor Francisco Pacheco,  hoy la imagen también llamada como Nuestra Señora de la O la podemos admirar en un retablo de estilo neoclásico con hornacina del siglo XIX, situado en la nave del evangelio, junto a la puerta de entrada, de la parroquia de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta.

Meses más tarde, concretamente el 14 de junio de 1626, Felipe IV nombro a don Gaspar de Guzmán, Capitán General de las Milicias de Sevilla y de los lugares de su tierra y jurisdicción.

En septiembre de este 1626 sumo el Conde Duque una nueva adquisición, el “oficio de Correo Mayor de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas o por descubrir, por lo que toca a todos los despachos dependientes dellas en estos reinos de España”, se vendió y traspaso por titulo de perpetua enajenación a don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar la Mayor, por 7.000 ducados en moneda de plata doble.

En marzo de 1627, una Real Provisión le concedió a perpetuidad, para él y para sus sucesores, la Tenencia y Alcaldía del (60) Castillo de San Jorge de Triana.

El 23 de octubre de 1627, fue expedida una escritura de asiento y concierto, por la adquisición por parte del Conde Duque de los lugares de Aznalcollar y (133) Tomares con San Juan de Aznalfarache.

El 17 de noviembre de 1630, fue expedida la escritura de asiento de la venta del señorío, jurisdicción y vasallaje de la villa de Coria del Rio a favor de don Gaspar de Guzmán.

Una Real Cédula de 30 de enero de 1632, concede al Conde Duque de Olivares un nuevo título, el de Conde de Aznalcóllar. A fin de prestigiar este título, y tras negociaciones con los frailes basilios, se llegó al otorgamiento de una escritura en agosto de 1634, por la que el Conde Duque hacia fundación y dotación de un (134) Convento del Tardón en la propia Aznalcóllar, concediéndole 2.000 ducados para la edificación y 500 más de renta anual. A cambio de ello la Orden le otorgaba el patronazgo perpetuo de la misma y ciertos derechos y preeminencias en dicho convento para él, su familia y descendientes.

El 5 de mayo de 1633, fue extendida la escritura de venta por la compra del señorío de Loeches en Madrid a favor de los Condes de Olivares, mediante subasta abierta por un precio de 17.200 ducados.

La compra de Loeches parece debida a una causa completamente fortuita. Desmembrada la villa en 1579 del señorío eclesiástico del arzobispado de Toledo, fue vendida por Felipe II al genovés Baltasar Castaño, quien a su vez la traspaso dos años más tarde al consejero real Iñigo de Cárdenas Zapata. Al morir el consejero real y su esposa, las monjas del Convento de Santiago de Madrid, herederas del matrimonio, pusieron a la venta la propiedad del (135) señorío de Loeches y, ante la posibilidad de poder ampliar sus territorios señoriales de Velilla de San Antonio y Vaciamadrid con la villa vecina, el Conde Duque pujo por ella y la adquirió.

Muy pronto, lo mismo que habían hecho en Castilleja de la Cuesta y Aznalcóllar, los Condes de Olivares fundaron y dotaron en Loeches, un Monasterio de religiosas dominicas, en cuya fundación como en las anteriores, aparece la propia Condesa con un destacado protagonismo en calidad de cofundadora y copatrona. Posiblemente con la adquisición de Loeches, el Conde Duque pensaba en redondear un señorío que tenía más cercano que el señorío de Olivares, donde poder pasar de vez en cuando ciertas jornadas de reposo y del ajetreo político de la Corte, y quizás también influyese en ello las previsiones sobre su problemática sucesión, pero lo que es seguro que don Gaspar estaba muy lejos de imaginar el papel que desempeñaría Loeches en los días de su caída y que aquel seria el lugar no de un transitorio reposo como él había dejado dictado en su testamento, sino el destino definitivo de su cuerpo, por deseo de su esposa.

Una nueva adquisición por parte del Conde Duque para acrecentar el “Estado de Olivares”, se llevaría a cabo por escritura pública otorgada el 16 de septiembre de 1635, con la compra del señorío de la villa de Camas.

Una Real Cédula de 12 de septiembre de 1639 le concedió a perpetuidad el oficio de Tesorero General de la Corona de Aragón.

Otra Real Cédula de 15 de marzo de 1640 concedió a Olivares, haciendo alusión expresa a su eficaz contribución a la victoria de Fuenterrabía y como merecido premio por ello, mil vasallos en Andalucía, particularmente en las tierras de Sevilla, habiéndolos elegido el Conde Duque en Aracena, y se le cedió el señorío, jurisdicción y vasallaje de esta villa, sus aldeas y términos.

En 1641, don Gaspar adquirió el señorío de cinco lugares más del Aljarafe sevillano, Bollullos de la Mitación, Palomares del Río, La Puebla del Río, Almensilla y Salteras con sus jurisdicciones y rentas, y con los términos y heredamientos incluidos en ellos.

La última adquisición para su Estado seria (61) el señorío de Mairena del Aljarafe, desde 1640 ya se ocupaba el Conde Duque de Olivares de la legitimación de su hijo bastardo Julián de Valcárcel, al haber desistido definitivamente de poder tener otro hijo fruto de su matrimonio. El joven Julián seria reconocido y descasado, además le cambiaría el nombre, de acuerdo con las exigencias estipuladas en sus fundaciones, por el de Enrique Felipez de Guzmán que se casaría nuevamente, más de acuerdo con su nuevo estado, con la hija del Condestable de Castilla, doña Juana de Velasco y Guzmán.

Era Mairena una población que recientemente había adquirido el estatus jurídico de Villa, y para la que creó el marquesado de Mairena, como titulo para su hijo reconocido.

 

Olivares primer Coronel de la Guardia Inmemorial del Rey

El 28 de agosto de 1632, el Rey Felipe IV ordena la formación de un Cuerpo especial de tropas con soldados veteranos, reenganchados y caballeros de noble abolengo para su propia custodia, con el fin de que sólo entraran en combate cuando él asumiera el mando en persona, y lo denomina “Coronelía de Guardas del Rey”. En consecuencia, 140 hombres quedan acantonados en Almansa. Poco después, por Real Decreto de 10 de septiembre del mismo año, el Monarca le otorga a esta unidad el sobrenombre de “El Freno”, “para poner freno a los enemigos de la Corona”.

En 1633, Felipe IV nombra Maestre de Campo de esta recién creada Coronelía a su valido, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, siendo el Conde Duque de Olivares el primero en ostentar el mando de la Coronelía, permaneciendo en posesión del mismo desde 1633 hasta 1639, y tal circunstancia hace que ésta se conozca popularmente como “El Guzmano”.

Por acuerdo de 22 de enero de 1634, este cuerpo se organiza definitivamente con la denominación de “Coronelía de Guardas del Rey”. Olivares ordena por entonces que su bandera (160) fuera una copia fiel de los estandartes que don Juan de Austria había donado a los antecesores de la Coronelía en la memorable batalla de Lepanto del 7 de octubre de 1571 contra el Turco y seguir con la advocación de la Virgen del Rosario.

Luego, en virtud del Real Decreto de 22 de agosto, se fija su fuerza en quince Compañías con 90 arcabuceros, 40 mosqueteros y 60 coseletes y piqueros cada una de ellas, y cabe destacar que sus soldados eran considerados los más distinguidos y de mayor renombre.

El 10 de septiembre del año 1634 toma la denominación de “Coronelía de Guardas del Rey”, según lo reflejado en el siguiente decreto:

“El Rey.- Sabed que yo he mandado formar una Coronelía de 2.500 a 3.000 infantes, soldados viejos, que me guarden siempre que yo saliere personalmente, y nombrado por coronel d´ella el Conde Duque de Olivares,  mi Caballero Mayor, de mis Consejos de Estado y Guerra, y mi Capitán General de la Caballería de España.

Que por ser esta coronelía mi guarda ha de preceder a las demás que he mandado formar: Que ha de tener privilegio la gente d´ella de no salir de España, si no fuera saliendo yo en persona.

Que asimismo tenga privilegio de no meterla en castillos, ni fortaleza, sino en caso de estar sitiados de enemigo o para sitiar.

Que los servicios hechos en esta coronelía se hayan de reputar como guerra viva, para ir ascendiendo a todos los puestos que pueden tener las personas que sirven en ella, conforme a las ordenanzas militares que mandé publicar en 28 de junio de 1632.

Y porque reconociendo el reino la necesidad y conveniencias de la formación de esta coronelía y los buenos efectos que podrán resultar, sirviendo en ella este número de gente vieja y particular. Prohibiendo hacerse levas forzosas de infantería en el, esta Coronelía para poner Freno a los Enemigos de mi Corona”.

Esta Unidad militar ha llegado a nuestros días y desde el 1 de enero de 1995 tomó la denominación actual de: “Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey nº1, teniendo su sede en el Cuartel General del Ejercito en Madrid.

 

El semblante del Conde Duque

Lo que físicamente llamaba más en él la atención era la corpulencia. Ya a los veinte años, Matías de Novoa, Ayuda de Cámara de Felipe IV, nos cuenta que era “grueso, corpulento y de aspecto riguroso y confiado”. El italiano Vittorio Siri hace de su físico esta descripción, “Era de talla por encima de las medianas, tenía la bastante adiposidad para pasar por gordo en un país donde la regla es la delgadez, los hombros lo bastante elevados para que se le haya tomado por jorobado sin haberlo sido, la cara ancha, los cabellos negros, la boca algo hundida, el mentón muy saliente, los ojos y la nariz ni feos ni bonitos, la cabeza grande, un poco caída, la frente dilatada, la tez amarillenta, la mirada amenazadora y ruda, en fin, no era, ciertamente, de agradable físico”.

El propio Siri en su , “Relación política del gobierno de Olivares” describe a éste así, “Es hombre de buena estatura, no tan lleno que se pueda llamar gordo, cargado y encorvado de espaldas, de amplio rostro, pelo negro, levantado de mentón, un poco hundido de boca y ojos, nariz ordinaria, cabeza inclinada hacia adelante y alta por la parte de atrás, frente espaciosa, si bien la cabellera postiza que trae la achica, trigueño de color, el mirar entre obscuro y airado, donde los fisonomistas, haciendo juicio, dicen que está enriquecido de gran machina, mas de profundos sentidos y no sinceros”.

Así era en lo físico, el Valido de Felipe IV, hombre de proporciones y facciones imponentes, con acusados rasgos, ancho, fuerte, con tendencia a la gordura.

Así nos lo representa el genial pintor sevillano Diego de Velázquez que le personalizó para la posteridad en muchos de sus lienzos (62).

También tuvo un humor alternativo, lleno de épocas de grandeza y otras de baches de depresión que le hubieran hundido, a no ser por la voluntad que tenía.

En los momentos de depresión el mundo se le venía encima, pero encontraba siempre la forma de reaccionar y cambiar el rumbo de las cosas, por muy bajo que estuviese de ánimo. Así lo afirma uno de sus contemporáneos, el embajador Contarini, cuando escribe, “aunque los acontecimientos contrarios le deprimen y desganan, con todo, en seguida encuentra coraje nuevo y se revigoriza pensando en otros proyectos y maquinaciones”.

 

El Conde Duque y su producción como escritor

Según el doctor e historiador Gregorio Marañón, “Olivares fue un gran orador, caudaloso, tal vez incorrecto, pero muy persuasivo. Y, desde luego en la cronología, nuestro primer orador político”.

El Conde de Olivares, al igual que su abuelo don Pedro, escribió poesía en su juventud, durante aquellos ocho años de vida alegre sevillana. Sabemos que hizo quemar su producción, y desde que entró a gobernar, su literatura fue exclusivamente epistolar y política.

De la lectura de estos documentos íntimos u oficiales se desprende, que escribía a la ligera, con más emoción que corrección de estilo, como debía hablar. Sus cartas importantes, las redactadas en los momentos de exaltación o de hundimiento de su ánimo, llenas de frases vivas y de metáforas violentas.

Uno de sus contemporáneos, el italiano Siri, dice que “escribía bien, pero afectaba siempre en sus cartas un aire misterioso”.

Lo que es indudable es que el Conde Duque fue un hombre dotado de ingenio singular, cosa que reconocieron todos sus contemporáneos. Su educación y su cultura explican su elegancia intelectual. La vida política le desvió de las actividades literarias propiamente dichas, pero satisfizo su inclinación intelectual, en armonía con su alta categoría, por medio del mecenazgo.

Versos del Conde Duque de Olivares

REDONDILLAS

Califican las acciones
El número mayor de ellas,
Y no son más las estrellas
Que son ya tus sinrazones.

Si muero con sólo verte,
¿Qué pretendes con mirarme,
Oh, Cloris, sino matarme,
No contenta con mi muerte?

No pida bienes quien tiene
Fortuna tan limitada,
Que desdicha moderada
Es gloria que no conviene.

Cuando muestras tus enojos,
No puedes, Cloris, negar
Que, aunque me han de matar,
Hallo mi gloria en tus ojos.

Y tanto el desprecio siento
Con que alguna vez me miras,
Que llego a sentir tus iras
Por moderado tormento.

¿En qué ofende el pensamiento?
¿En qué mis obras te ofenden,
Si adorarte sólo atienden,
Ajeno del vano intento?

Nunca esperé ser amado:
No pretendo mayor gloria
Que ser sólo en tu memoria
Con piedras representado.

¡Ojalá, querido engaño,
Pudiera yo sustentarte,
Y en el alma alimentarte
Para hacer menor mi daño!

Mis fuerzas son ya inferiores
Al desengaño menor;
Amo un conocido error
Por excusar los mayores.

¡Oh, nunca he visto furor,
Que contra el conocimiento
Prevalece tan violento,
Que a tu sombra tengo horror!

Favores, Cloris, no pido;
Antes suspensión del daño,
Que a un tan adorado engaño
Todo horror pone en olvido.

Sólo quiero no ofenderte,
Con lo que a todos obliga,
Y esto, señora, consiga,
Quien sólo muere por verte.

Estos versos están recogidos en el “Cancionero de príncipes y señores” del historiador rondeño, (65) Juan Pérez de Guzmán en 1892.

 

Olivares, el gran Mecenas del Siglo de Oro

Era tradición especial de la Casa de Olivares la afición de proteger a los artistas, dentro del ambiente general de la nobleza española de aquel tiempo se distinguía en la afición al mecenazgo, la nobleza andaluza. En el Conde de Olivares se unió la tradición al propio interés, pues el mecenazgo fue una de las armas de que se sirvió, para impresionar a la Corte en sus pretensiones de poder. El mecenazgo le sirvió también para escalar en su puesto de Privado y para dar prestigio, y firmeza a su posición.

Buena muestra de su tendencia protectora al arte, fueron las famosas fiestas literarias que Olivares organizó en el curso de su privanza, como aquella Academia celebrada en el Buen Retiro, en 1637, y los banquetes y representaciones teatrales y literarias durante su estancia en la Corte.

El entusiasmo de los Reyes Felipe e Isabel por estas actividades literarias coincidió con las del primer ministro y como resultado dio la época más gloriosa para las letras españolas. La protección del Conde Duque no se limitaba a la ayuda material a los escritores, sino que mantuvo en España un ambiente de libertad literaria que tuvo muy nerviosos a los inquisidores y que añade un dato más al tono progresivo que en ciertos aspectos tuvo su política. Durante su gobierno se expidió el Auto acordado, por cuya virtud no regían en España las prohibiciones de libros del índice expurgatorio de Roma. Después de su caída comenzaron a regir las Provisiones del Consejo y Cámara de Castilla en 1644, que prohibían representar las comedias de inventiva profana, incluyendo las de Lope de Vega.

Además de escritores fue mecenas de pintores, escultores, imagineros, tallistas, arquitectos, etc.… Entre ellos destacan personajes tan celebres como (66) Francisco de Rioja, (155) Fernando de Herrera, (71) Guillén de Castro, (72) Rodrigo Caro, (156) Juan de Jáuregui, (67) Lope de Vega, (68) Calderón de la Barca, (69) Luis de Góngora,  (64) Francisco de Quevedo, (162) Virgilio de Malvezzi, Juan Antonio de Vera y Zúñiga “Conde de la Roca”, Luis de Ulloa, (74) Juan de Roelas, (159) Francisco Pacheco, (157) Diego de Velázquez, (75) Pedro Pablo Rubens, (158) Alonso Cano, (161) Francisco de Zurbarán…..

 

La biblioteca del Conde Duque de Olivares

Don Gaspar de Guzmán tuvo una de las mejores bibliotecas de Europa (76).

Un contemporáneo del Conde Duque de Olivares dijo de ella que “estaba tocado de todas las ciencias de generalidad, con las cuales profesa tener contacto”.

Tenía el Conde Duque pasión por los libros heredada de su padre, e iniciada en sus estancias infantiles en las ciudades italianas de Roma, Palermo y Nápoles, en sus años universitarios de Salamanca y en la época de vida literaria en Sevilla, donde intimó con muchos escritores y poetas. Olivares llegó a ser uno de los bibliófilos ilustres de la España de su tiempo. Consideró siempre como parte principal de su casa la magnífica biblioteca, a la que dedicó palabras de especial amor hasta en la redacción de su testamento.

La afición a los libros alcanzó en España gran desarrollo en todo este siglo, singularmente bajo los auspicios de un Rey, Felipe IV, al que gustaba tanto la literatura, para él fue motivo de admiración y entretenimiento la gran colección de su Privado, que tenía muy cerca, junto a sus propias habitaciones, y que debió visitar con frecuencia.

La gran biblioteca de don Gaspar tenía en sus estanterías, según el catálogo de Alaejos y Ángulo, unas 2.700 obras impresas y 1.400 manuscritos, donde los idiomas predominantes eran latín y toscano, el Padre fray Lucas de Alaejos, recibió el encargo de realizar el índice de la biblioteca hacia 1624.

Dispuso el Conde unas minuciosas instrucciones para la colocación de los volúmenes y modo de hallarlos. Su encuadernación era lujosa, con las armas de la Casa marcadas en las tapas. Su carácter estudioso se advierte en la elección de las obras impresas, casi todas eran de historia, viajes y política, más los libros de teología y religión. Lo mismo se desprende de los manuscritos, entre los que destacaba la colección de cartas, de mujeres, de Papas y cardenales, de frailes, de la Compañía de Jesús, de Emperadores y Reyes, de hombres doctos y también “de locos”, los hechizados y los hechiceros.

Era la suya una biblioteca de estudio, casi exenta de novelas, caballerías y versos. Los libros, preferidos del Conde Duque eran los de historia clásica.

El político e historiador (77) Antonio Cánovas del Castillo apunta que era, “el Conde Duque, bibliómano insaciable, que acertó a poseer una de las más célebres librerías de España, no se contentaba, cual muchos, con verla por el forro, era lector y no mero coleccionista de sus libros”.

También era muy copiosa la librería olivarense en geografías y mapas. Dice el Conde de la Roca que se “hacía traer de todas partes las más preciosas cartas y planos y los estudiaba con tanto cuidado que a soldados envejecidos en Flandes ha dado a conocer riberas, antiguos puertos y los escollos en uno y otro mar”. Los libros de estudios y los mapas ocupaban por entero una pieza especial que él llamaba “la cuadra del obrador u oficio”.

De gran interés es el estudio del origen de la biblioteca del Conde Duque. Sin duda, gran parte de sus libros eran heredados de su padre. Otros, los adquiría de librerías deshechas, como la del Doctor Casanate. Consta con certeza que compró gran parte de la magnífica colección de manuscritos griegos y latinos que perteneció al humanista toledano Alvar Gómez de Castro. Otros los adquirió de la biblioteca de (78) Jerónimo Zurita, que éste había legado a la Cartuja Aula Dei. Los cambios rápidos de fortuna y los embargos y expolios, frecuentísimos en una época de tanta agitación, debían de favorecer la formación de grandes núcleos de libros a quien poseyese dinero y poderío. Otros muchos papeles los adquirió con un evidente abuso del poder. Hay una Cédula Real de 1625, en la que manda el rey “que el Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar la Mayor, tenga en su poder los libros y papeles de diferentes materias que S. M. le ha mandado y mandare entregar y él ha recogido y recogiese y los deja vinculados en su casa para que se guarden en los archivos de ella o donde lo dejase dispuesto”. Refrenda a esta cédula, otra de 1632, en la que amplía, especifica y perpetúa este derecho del Valido para hacerse dueño de cuantos papeles le interesasen. Pero la intensidad de la captación de documentos y libros por parte de Olivares pudo en cierto modo, ser clave para la conservación de los mismos, en aquellos tiempos, los documentos públicos se perdían con facilidad y el adscribirlos al mayorazgo de una Casa que se creía eterna facilitaba que ni se destruyeran o perdiesen.

En estos libros buscó y halló distracción en sus preocupaciones y motivos con que justificar sus hechos.

Fue su bibliotecario su amigo el escritor Francisco de Rioja, siéndolo también de la biblioteca del Real Alcázar, cargo que también ejerció en la Casa de Olivares (79) Juan de Fonseca. La gran importancia que a su biblioteca daba el Conde Duque está consignada en su testamento de 1642.

Ya en el mismo testamento hay al final, la cláusula 160, que anuncia que ciertos trastornos ocurridos en el Patronazgo de San Jerónimo de Sevilla, le obligan a que quede la librería en Loeches y desde el Palacio fue llevada en cien grandes cajas. Todas las previsiones y ordenanzas para que sus libros se conservasen intactos se desvanecieron.

El testamento de la Condesa viuda daba otro destino a la esplendida colección, repartiéndola en diferentes conventos y mandas, en poco tiempo sus libros se dispersaron por toda España y por el mundo.

 

Olivares fue un trabajador incansable

Fue un hombre de portentosa actividad, casi inaccesible a la fatiga física. Según Marañón, “esta energía para el trabajo continuo es propia de los temperamentos robustos y periódicos, como el del Conde Duque”. Hasta cuando murió su hija, la gran tragedia de su vida, “no dejó un solo día sin despachar su obligación”. El escritor e historiador de la época, Gonzalo de Céspedes, nos habla de su “asistencia infatigable en los Consejos, en las juntas, despachos, consultas, provisiones, que todo pasaba por su mano sin confiarlo a la ajena” y Mocénigo añade, “No conoce los límites de la fatiga, por trabajar ha renunciado a todos los placeres, y sólo por acompañar al Rey sale de casa alguna vez”.

A las cinco de la mañana se levantaba y recibía a su confesor, a la luz de las velas en invierno, o a la del alba en verano, comenzaba sus audiencias. Años después, el Duque de Híjar, en los versos escritos en su cárcel de León, lo describía así, “Daba audiencia a las tres o cuatro de la mañana”. Preparaba luego, con cuatro secretarios, las consultas que había de enviar o le habían devuelto el Rey y los Consejos. Luego veía a las personas que ya había recibido el Monarca, que a veces pasaban de ciento. Comía rápidamente, y a las tres volvía a los negocios, recibiendo y despachando a los ministros, tenía nuevas audiencias, asistía a las Juntas, “presidiendo en todos los Consejos y en inmensas Juntas” y al final del día despachaba otra vez con los secretarios. Así le daban las once y a veces más. No hay que decir que en todas estas reuniones era el Conde Duque el que daba la solución de los problemas, y los demás consejeros se limitaban a dar conformidad.

Algunos días que salía al campo, llevaba en su carroza una mesilla y las carpetas para escribir o dictar a los secretarios, que le seguían en un coche de respeto, y a los que llamaba conforme meditaba y resolvía los asuntos. De esta forma, en la carroza, tenía también Consejos con sus ministros y daba audiencia a los embajadores. Apunta el Conde de la Roca que fue este continuado trabajo, “tan terrible y penetrante”, que causó la muerte de cuatro de sus secretarios.

A esta tarea absorbente del Gobierno se unía la asistencia personal del Monarca, que no dejaba de llevarle tiempo, pues a diario lo veía tres veces al comienzo de su privanza, una antes de que se levantase (él mismo le abría las ventanas), para darle cuenta de lo que debía hacer durante la jornada, la segunda después de comer, charlando entonces de los cuentos y banalidades de la Corte y finalmente cuando iba a acostarse, haciéndole un resumen del día y pidiéndole órdenes para el siguiente. Luego disminuyó citas con el monarca y sólo hablaba con don Felipe una vez al día y por poco tiempo.

Ésta era la faena habitual, nos cuenta el Conde de la Roca “que desde la cámara al aposento del despacho, y desde éste al coche, en pie, en el paseo, en rincones y escaleras secretas, con palabras breves y como de barato, oía y despachaba a infinita gente, porque su atención era tan grande como su memoria”.

Cuando se trataba de fiestas, y las había en aquel Madrid un día sí y otro no, el Conde Duque era el primero en aparecer a caballo al lado del Monarca.

La misma actividad mostraba en las cacerías, a las que asistía de jinete, como le vemos en los lienzos de Velázquez y de Martínez del Mazo, aunque otras veces iba en carroza y aprovechaba el tiempo, para redactar sus despachos, mientras se divertían los demás. Cuando contaba cincuenta y un años en 1638, asistió a una montería en El Pardo, famosa por la fiereza de la caza, uno de los jabalíes estuvo a punto de malherir al su pariente el Marqués del Carpió y en ella se lució don Gaspar, quebrando cuatro o cinco horquillas como en sus buenos tiempos. Su prestigio de cazador le valió la dedicatoria del famoso libro de (80) Juan Mateos, “La dignidad de la caza” (81).

Si las fiestas eran cortesanas, el Valido desplegaba la misma asombrosa actividad. Los detalles más pequeños de la preparación y ensayos pasaban por su mano. En una carta del embajador inglés Aston afirma que en los festejos del Buen Retiro en 1636, se inauguraron con “curiosos jardines y nuevos juegos de agua, debidos a la imaginación de Olivares”, “él más original y brillante que jamás he presenciado”, con tres escenarios, cada cual iluminado del modo más ingenioso y nuevo, todo debido a la inventiva del Conde Duque.

Dio también prueba muy típica de su actividad y genio organizador cuando la imprevista llegada a Madrid del Príncipe de Gales, en 1623, (82).

Gran burócrata, la mayor parte de sus veintidós años de privanza los consumió en su bufete, famoso en todo el mundo. Apenas viajaba como no fuera en las jornadas reales, muy distanciadas, o en las breves excursiones para cazar o a visitar su dominio de Loeches.

Sabía que el ansia generosa de trabajo fue su virtud indiscutible y por eso le decía al Cardenal Infante en una de aquellas cartas que parecen confesiones, “Cierto, Señor, que mi voluntad ha sido tal, que yo aceptaría que por ella juzgara Dios mis culpas y mi vida”.

 

Las viviendas de la familia Olivares en Madrid

Al establecerse Olivares en Madrid, con ánimo de conquistar el poder real, se instaló en el (83) barrio de San Juan, cerca del Alcázar Real, con gran lujo se empleó en la conquista de la sociedad cortesana, como primer paso para conquistar después al Príncipe.

Don Gaspar vivió en la casa de la Cruzada (84), derruida a mediados del siglo XIX. Situada en el barrio de San Juan, la Casa del Consejo de la Santa Cruzada era su principal edificio, fue propiedad de la familia Herrera y luego a la del “Conde de Olivares, que la reedificó para establecerse en ella”. (177)

Los documentos del Archivo de Protocolos Notariales de Madrid confirman esta asignación, dando exactamente sus límites, que coinciden con los de la Casa de la Cruzada, y nos cuentan los pormenores de la adquisición del edificio. Éste, como asiento del (136) Tribunal de la Santa Cruzada, había pertenecido al Cabildo toledano, del cual pasó a la familia Herrera, y cuando don Pedro de Herrera Ossorio y del Águila la vendió al futuro Conde Duque se anotó, como una adición al larguísimo capítulo de enajenación, que dicho Cabildo ya nada tenía que ver con la propiedad. Los Herreras pasaron por una delicada situación económica y pidieron a Felipe III, en 1617, licencia para vender la casa. Alegaban que cuando fue incorporada al mayorazgo de los Herreras, por don Pedro de Herrera, era “muy vieja y se está cayendo, por lo cual está por alquilar lo más del año y en sus reparos se consume la mayor parte de los alquileres”. Concedió el Monarca la autorización y la casa salió, como ordenaba la ley a pública subasta el día 27 de enero de 1620, pregonándola “Juan Martín, pregonero público, en alta voz, en la Platería y plaza de San Salvador de esta villa, diciéndose habíanse de rematar en quien más diese por ella y que acudiese ante el escribano público a hacer la postura y pujas”.

Sólo se presentó a la subasta don Gaspar de Guzmán, es muy probable que a nadie conviniera más que a él la compra, pues la casa, ruinosa, requería mucho dinero para ser rehabilitada, tenía la molesta carga de huéspedes de Corte, y además por el precio de 9.000 ducados en que fue concedida en aquellos tiempos, no era una ganga. El hecho es que el 9 de marzo de 1620, “Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, gentilhombre de la Cámara del Serenísimo Príncipe nuestro señor, residente en su Corte, dijo que cumpliendo con lo que tiene tratado con Pedro de Herrera Ossorio, vecino de esta Corte, de muchos días atrás, hace postura en las casas principales de su mayorazgo de Herrera, para las comprar en precio de 9.000 ducados, con la carga de huésped de aposento de Corte que tienen”. La situación del edificio, cerca del Alcázar, al lado de sus familiares, los Guzmanes, justificaba su elección y en corto espacio de tiempo se realizaron las obras. En el (137) plano de Texeira aparece el edificio ya recompuesto, con sus dos grandes torres y con arreglos ajustados a sus necesidades, tenía un arco que comunicaba con la iglesia de San Juan, en la que tenían tribuna los dueños, este arco también se ve en dicho plano. Así ha estado hasta que fue derribada en 1933 para erigir en su solar una nueva casa de vecinos.

En diciembre de 1625, don Gaspar, ya Conde Duque de Olivares, recabó ante el notario Santiago Fernández, nueva copia de la escritura de venta de la Casa de la Cruzada. Corresponde a la fecha en que se confirmó el embarazo de su hija María. Es muy probable que preparara sus papeles para disponer la herencia de su próxima nieta, que no llegó a vivir.

Al caer en desgracia el Conde Duque en enero de 1643, la casa se cerró. Cuando su viuda regresó de Loeches después de dar sepultura a su marido, se instaló en otras casas más modestas de la calle de Alcalá. Su hacienda estaba quebrantada y tal vez la vendió. Sobre el destino del inmueble hasta los tiempos modernos, he aquí algunos datos más, en el manuscrito que se conserva en el archivo de los Condes de Revilla de la Cañada  constan los sucesivos poseedores de la finca, en 1554 fue de don Francisco Dueñas de Aragón, cobrador de las bulas de la Cruzada, que quedó a deber y fue embargado por don Jerónimo Candiano, regidor de Madrid, que la vendió a la familia de Herrera. El jefe de la familia Herrera, don Iñigo de Herrera y Velasco, Marqués de Auñón, la vendió, en 1603 a don Pedro Ossorio de Guzmán, señor de la villa de Valdunquillo, tío del futuro Conde Duque, en 5.500 ducados. Pasó más adelante a la Casa de Alba, a la que pertenecía el mayorazgo que fundó don Pedro, hasta que por pleito que ganó en 1729, la Condesa de Froman, pasó a la posesión de ésta. La adquirió después el Conde de Tres Palacios, que la permutó a don José Collado por varias dehesas en Trujillo. Este don José Collado era padre de la primera Condesa de Revilla de la Cañada. Vivió y murió en ella, en 1903, (178) el poeta y político (169) Gaspar Núñez de Arce.

La casa de enfrente, “Casa de los Guzmanes”, la que tiene entrada por la calle de la Cruzada, número 4, tenía un hermoso portal, se llamó así porque fue también de la familia Guzmán, de don Pedro Ossorio, hijo del primer Conde de Olivares y tío  de don Gaspar, quien sufría ataques de epilepsia. Es posible que en los tiempos de esplendor, sirviese de alojamiento a parte del acompañamiento del futuro Conde Duque.

 

Estas eran las dos casas de los Guzmanes en Madrid.

Vivía en ellas en unión de algunos de sus parientes, como se desprende de una hoja incluida en la colección de jesuitas, en la que se enumera toda la servidumbre del Conde Duque y aparece mezclada con las de don Alonso de Acevedo, don Francisco de los Cobos y el Conde de Uceda, el primero cuñado, y los dos últimos, primos del futuro Valido. Esta relación de criados nos da cuenta del esplendor con que vivían los Condes de Olivares antes de alcanzar su eminente posición palatina. Debe ser muy del comienzo de la estancia de Olivares en Madrid, pues no aparece en ella ninguno de los nombres de los criados que adquirieron popularidad durante la privanza, como el famoso ayuda de cámara, Simón, ni los que luego citara en su testamento. En su testamento de 1642 nombra y deja mandas a Simón Rodríguez, Juan Vicente y Artus de Rois. Y en el de 1647 de la Condesa nombra y lega mandas, aparte de a doña Jerónima de Mendoza, su camarera y mujer de confianza, a Catalina Olivares, Isabel Delgado, María y Ana de la Cuesta, Ana Gómez y Catalina Pérez, Simón Rodríguez, Juan Vicente, Armes y Miera.

De sus criados fue el más famoso Simón Rodríguez de Ubierna. Era su más íntimo servidor, lo mismo le curaba las hemorroides que daba las audiencias “desde el más firme embajador al más humilde pretendiente”, dice Roca. Acompañó a don Gaspar hasta su muerte y figura mucho en los relatos y declaraciones de los pleitos de sucesión.

El mayordomo era italiano, Ludovico Acerbo, y no fue el único de este pais  entre su servidumbre, probablemente supervivientes de los viejos criados que trajo su padre de la Embajada y Virreinatos italianos. Entre los pajes, que eran 31, había varios de apellido ilustre, como un Garcilaso de la Vega. Entre las mujeres había dos de raza negra. La gente empleada en la cocina era numerosa, entre cocineros, reposteros, pasteleros y sus ayudantes, más los que cuidaban de los vinos y el botiller y sus criados, encargados de las bebidas y refrescos, cargos éstos importantísimos, pues sabemos que don Gaspar tenía un verdadero vicio por tales bebidas, que tal vez influyeron en su enfermedad y muerte. Mantenía con cargo fijo, un barbero y una enfermera. La cantidad de criados de Olivares era mayor que la de los parientes, que vivían en la misma casa. En total eran 166 servidores.

Por gusto, o para imitar al Rey, andaba el Conde Duque muchas veces rodeado de enanos y bufones. Se cree que estuvieron al servicio de Olivares el bufón Barbarroja (89) y el Primo (90), este último le acompañaba en su coche de caballos cuando en Molina de Aragón atentaron contra su vida, hiriendo levemente al enano. Es probable que también fuera de sus preferidos el bufón llamado el Geógrafo (91), pues ya se ha dicho que Olivares tenía grandes aficiones geográficas y poseía esferas, como la que señala con su mano, en el retrato de Velázquez.

La relación del personal se completa con la de los caballos del Conde. Entre los animales de parada y paseo, los de coche, las mulas de coche y las acémilas, había 32. El caballo de paseo era castaño, su color favorito, pues sobre uno de este pelo aparece retratado por Velázquez, este caballo se llamaba Guzmanillo (85).

 

Las habitaciones en el Alcázar y en el Buen Retiro

Al ser nombrado el Conde de Olivares ministro se fue a vivir al Alcázar (86), escogiendo la habitación lindante para cuidar mejor al Rey, y que con anterioridad había ocupado el Infante don Carlos (87). Pero sus dominios por el Palacio se extendieron al ser nombrada su mujer camarera de la Reina, llegando a ocupar casi un ala interior del primer piso, con vistas a uno de los grandes patios. En 1627 se construyo un edificio más de los varios que en el transcurso de los años se añadieron, para ampliar la vivienda de los Condes de Olivares e instalar la biblioteca y secretarías. Doña Inés y su hija doña María de Guzmán se instalaron en la segunda planta del Alcázar, por su parte don Gaspar ocupaba otras estancias en la tercera, con cuatro aposentos, una sala de audiencias, un oratorio, una galería, un espacioso estudio y una habitación en la que guardaba una gran cantidad de documentos, mapas y cartas marinas, material relevante para dirigir la política nacional e internacional del país. Durante el verano, para mitigar el calor de Madrid, ocupaban otras habitaciones con aires y vistas al norte.

Al construirse el Buen Retiro (88), los Condes tuvieron en el nuevo y magnífico edificio sus habitaciones, como toda la Corte. Allí vivían cuando los Reyes ocasionalmente lo habitaban y allí están firmados muchos de sus documentos, entre ellos su testamento de 1642.

Seguramente sus criados eran entonces menos numerosos, pues utilizaba la servidumbre de palacio.

 

Los hijos de los Condes de Olivares

Los Condes de Olivares dentro de su vida matrimonial tuvieron sólo tres hijos, el primero don Alonso de Guzmán y la tercera doña Inés de Guzmán, murieron a muy poca edad y están sepultados en la Cripta de la Colegiata de Olivares, la segunda doña María de Guzmán que paso por ser la única que paso de la niñez y por ello sucesora de su Casa. Así nos lo dice su genealogista Martínez Calderón y lo confirma en el testamento el propio Conde Duque, del cual se deduce que María ocupó el segundo lugar.

María nació el martes 27 de octubre de 1609, fue criada y educada entre Sevilla y Madrid por su madre doña Inés de Zúñiga. Siendo muy jovencita llego a ser dama de de la Reina Isabel de Borbón y al cumplir los 16 años se decidió casarla, cosa muy habitual en la época para el matrimonio de la mujer. En el casamiento de María influyó la prisa de ver asegurada su sucesión. Aunque don Gaspar no había perdido todavía la esperanza de tener nuevos hijos.

No le faltaron pretendientes a la joven María y fue mucha la expectación que despertaba casarse con la hija única del Valido más poderoso de la tierra. Entre tantos posibles el Conde Duque se decidió por el Marqués de Toral, don Ramiro Núñez de Guzmán, con el que tenía parentesco.

En el mes de agosto de 1624, el Conde de Olivares obtuvo de Felipe IV la concesión del título del Marquesado de Eliche para su única hija y heredera. Este marquesado fue el regalo de boda de los Condes de Olivares a su hija (53) María de Guzmán y a su marido (54) el Marques de Toral, Ramiro Núñez de Guzmán.

El 10 de octubre de 1624 ante el escribano publico de la villa y corte de Madrid, Juan de Santillana, fue otorgada la escritura de capitulaciones y contrato matrimoniales entre don Gaspar, Conde de Olivares y doña Francisca de Guzmán, Marquesa de Toral, que acordaban la boda de la hija del Conde, María de Guzmán de quince años, con el hijo de la Marquesa, Ramiro Núñez de Guzmán de veinticuatro años. También en esta escritura se estipulo que el nuevo matrimonio usaría siempre el apellido Pérez de Guzmán, las armas de la Casa de Olivares y el titulo de Marqueses de Eliche, además se añadía que vivirían con los Condes de Olivares, los cuales les habrían “de sustentar, así en su mesa como dándoles criados y criadas que fueren necesarios, coches, caballos, sillas de mano y todo lo demás”.

Al mismo tiempo que las capitulaciones matrimoniales y con motivo de la boda, el Conde de Olivares llevo a cabo la fundación de un nuevo Mayorazgo para su hija, que quedaba vinculado a ella y a los descendientes de su matrimonio, con el nombre de (56) Mayorazgo de Medina de las Torres, para lo cual adquirió la villa pacense del mismo nombre a la que hizo ducado, siendo la joven María en titularse como I Duquesa de Medina de las Torres.

Se celebró la boda el 9 de enero de 1625, en la capilla Real, actuando de sacerdote el Patriarca de las Indias, con cambio ostentoso de regalos y mercedes, no siendo la menor el privilegio que el Rey concedió a Olivares, otorgándole el Ducado de Sanlúcar la Mayor, firmado cinco días antes de la boda.

En lo referente a la sucesión los Condes designaban como heredera de este aumento a su única hija, María de Guzmán, y en su defecto, a los demás miembros de la familia de los Guzmanes.

 

Parto y muerte de María

Unos meses después de contraer matrimonio la hija de los Condes de Olivares se quedó embarazada, cosa que causo una inmensa alegría en sus padres, en julio de 1626 María de Guzmán dio a luz una niña a la que se le puso por nombre Isabel María en honor a la Reina. Pero todo cambio en pocos días ya que la pequeña murió, fue un parto difícil y se temió que la madre no lo pudiera superar. Mejoró y cuando todo hacía pensar que saldría de este trance, a los pocos días sufrió un accidente imprevisto y mortal. Tenía la joven dieciseis años y estaba tan enamorada de su marido que durante los días que paso entre la gravedad, la mejoría y su muerte, decía a sus padres que sólo la afligía abandonarle.

Amigos y enemigos del Conde Duque se rindieron al dolor de esta muerte. Y al duelo se unía la admiración de verle trabajar, ahogando la infinita amargura de “sus trabajos”, como él los llamaba y precisaba así, “Los males de culpa son los que merecen llamarse males, que los que nacen de penas, su verdadero nombre es de trabajos y ejercicios”.

Llevaron al cadáver de doña María “al convento de Santo Tomás donde se le dijeron misas. A las siete de la tarde la pusieron en un gran túmulo, en donde le hicieron todos los Grandes el duelo, y luego hechos los oficios de difuntos, la enterraron.

Un dolor puro, hondo, terrible, inacabable y sin consuelo cayó sobre don Gaspar, que había puesto en María todos sus sueños de descendencia, de amor paternal y orgulloso por la hija buena y crecida que ve morir de pronto en sus brazos. La amargura de su alma, corazón y espíritu fue tan grande que ordeno que todos los días al levantarse al alba le cantasen un grupo de frailes el canto “De profundis”, un salmo bíblico que dice así,

“Desde lo más profundo te llamo a ti, Señor:
¡Señor, escucha mi voz!
¡Que tus oídos atiendan
la voz de mis súplicas!

Si las culpas consideras, Señor,
¿Señor, quién resistirá?
Porque hay gracia en ti,
y por tu ley, te busco, Señor.

Mi alma aguarda en su palabra;
Espera mi alma en el Señor.
Más que los centinelas la aurora
aguarda Israel a Yahveh.

Porque en el Señor hay misericordia,
y en Él habita la total redención,
Él redimirá a Israel
de todas sus culpas”.

La tragedia produjo en el alma de don Gaspar una profunda transformación y desde entonces su vida cambió de rumbo y de estilo, aunque su fortaleza para el trabajo encontró en el dolor estímulos nuevos. Un mes después de la muerte de María, Olivares escribía una carta que nos enseña por el trance emocional por el que atravesaba el. Un extracto de la carta dice así:

“Bien he tenido estos días que ofrecer a Dios, habiéndome sobrevenido juntas casi todas las causas de dolor que puedo tener como padre y como dueño de mi casa”.

 

La muerte de María, cambio el rumbo de la vida del Conde Duque

El dolor en don Gaspar no tuvo límites y es fácil distinguir en su conducta posterior lo que hay de normal tragedia familiar y lo que hay de depresión, de las más profundas de cuantas se recogen en su biografía. Tuvo un dolor terrible, pero sereno, ya que un mes antes en junio del mismo año, tuvo que vivir la muerte a los veintidós años de edad, de su sobrino el cardenal Enrique de Guzmán, hijo su hermana Francisca de Guzmán, la Marquesa del Carpió, al que amaba profundamente el Conde Duque, hasta el punto de que compara el dolor de su pérdida al que le produjo la muerte de su propia hija.

Nadie volvió a verle en público durante dos años, salvo en los actos oficiales, se recrudeció su religiosidad, aumentando sus rezos y haciendo diaria confesión y comunión. Abandonó su política de intriga y sus devaneos amorosos y toda su vida se ve llena de dolor y de hundimiento de su espíritu. “El hombre triste”, le llamaron desde entonces los cortesanos. 

María de Guzmán murió al ser madre, sin haber dejado de ser niña. Así cantaba Lope de Vega a María de Guzmán, a la que llamo “La Rosa Blanca”.

¡De esta suerte nació la blanca rosa!
¡Oh clara e ilustrísima María!
Cándida, pura, casta, honesta, hermosa…
Será milagro de tus bellos ojos
Para que sepan esas manos bellas
que quien te ofrece rosas, diera estrellas
De rojo y blanco el rostro delicado
las hojas de la rosa repartiendo
dejolo en nieve y púrpura bañado.

Una vez fallecido don Gaspar, los cuerpos de María y su hija fueron trasladados por expreso deseo de la Condesa doña Inés, desde el convento de Santo Tomas de Madrid al monasterio de la Concepción de Loeches donde fueron depositados juntos a al de su padre.

 

Las obras públicas y la construcción del Buen Retiro

Las obras públicas fueron atendidas cuando las circunstancias económicas lo permitieron, casi siempre con la intención de complacer al Monarca. Las más notables fueron, los intentos de explotación de las minas “para que los tesoros perdidos en los senos ocultos de la tierra… saliesen a suplir los tributos”. Y también sus obras de canalización, unas realizadas o empezadas, como la del Guadalquivir (93), y otras que quedaron en proyecto, como la magna empresa de hacer navegable el Tajo, desde Lisboa hasta Toledo (94), y luego el Jarama y Manzanares, que don Gaspar brindó al Rey en uno de sus períodos de ansiedad, soñando verle embarcar, junto a su Alcázar de la Corte, en una falúa, que le dejaría en los muelles de Lisboa.

Pero la obra más famosa de Olivares fue la construcción del Palacio del Buen Retiro (95), en Madrid. En el descampado que se extendía por detrás del convento de los Jerónimos había don Gaspar edificado “cuatro aposentos donde pasar, apartado del bullicio, la Semana Santa y los pocos días en que S. M. sale al campo”. Allí tenía su mujer una pajarera, con aves, corrientes y exóticas, el famoso “gallinero” que tanto dio que hablar. Sin duda, los Reyes frecuentaron el lugar y nació de ellos y del Conde Duque la idea de construir un Palacio que sirviese de retiro apacible a los Monarcas, permitiéndoles sin necesidad de alejarse de Madrid, la estancia sombría y desagradable del Alcázar. El Real Sitio del Buen Retiro, como se llamó en su momento, tiene su origen entre los años 1630 y 1640, cuando el Conde Duque de Olivares, le regaló al Rey unos terrenos para el recreo de la Corte en torno al Monasterio de los Jerónimos de Madrid.

El Buen Retiro era un gran complejo que contaba entonces con unas 145 hectáreas,  que incluía el Palacio del Buen Retiro, más otra veintena de edificios, un monasterio de monjes jerónimos, ocho ermitas, dos teatros, grandes patios donde a veces se celebraban corridas de toros y unos inmensos jardines. Don Gaspar de Guzmán no escatimó en aportar recursos económicos propios, muchos de ellos procedentes de su Estado de Olivares, para realizar la obra pública más famosa y emblemática de su ministerio, que hoy seguimos disfrutando.

Esta segunda residencial real situada en la zona este, estaba en aquellos tiempos a las afueras de la villa de Madrid, aunque no excesivamente lejos del Real Alcázar, resultó ser un lugar muy agradable, fresco y con un extenso arbolado.

Se construyeron varios edificios bajo la dirección de los arquitectos Giovanni Battista Crescenzi y Alonso Carbonell, entre ellos el Teatro del Buen Retiro, que acogió grandes representaciones teatrales de los dramaturgos españoles del Siglo de Oro, Calderón de la Barca y Lope de Vega.

Hoy siguen en pie el Casón del Buen Retiro, antiguo Salón de Baile decorado con frescos de Lucas Jordán, y el llamado Salón de Reinos, un ala del antiguo Palacio del Buen Retiro decorado en aquel tiempo con pinturas de Velázquez, Zurbarán y Vicente Carducho entre otros. El responsable de su decoración fue el propio Conde Duque de Olivares, con el asesoramiento intelectual de Francisco de Rioja y de los pintores Juan Bautista Maíno y  Diego Velázquez.

Claramente se ve la vena de grandezas del Conde Duque, queriendo que bajo su gobierno se fabricara un Palacio Real, al igual que habían hecho otros grandes Monarcas de la dinastía y que ese Palacio naciese de su propia casa.

Son muy conocidas las descripciones del Buen Retiro (96), obra extraordinaria, por su lujo y elegancia, por los gastos enormes que ocasionó no sólo su construcción y aderezo, sino la creación, en aquel desierto, de bosques, alamedas, canales y estanques en los que se celebraron fiestas acuáticas y terrestres, nunca vistas hasta entoces.  La fama de la residencia real recorrió todo el mundo, emulando la de los grandes jardines y estancias de placer de los otros soberanos de Europa. Sobre este complejo palaciego se puede consultar el excepcional volumen, “Un palacio para el Rey: El Buen Retiro y  la  Corte de Felipe IV” de Jonathan Brown (170) y John H. Elliott.

 

La rivalidad con el Cardenal Richelieu

Armand Jean du Plessis, más conocido como el Cardenal Richelieu (92), era Duque de Fronsac y par de Francia, fue cardenal, noble, estadista francés y valido del Rey Luis XIII.

Para el Conde Duque de Olivares, el Cardenal Richelieu fue una pesadilla de la cual no acertó a desembarazarse.

Según Marañon, “Ambos se movían, en muchos de sus actos públicos, empujados por el odio o la emulación del rival. Pero la semejanza de su obra, en su conjunto, no se debe a estas reacciones personales, sino al hecho de que uno y otro nacieron con aptitudes parecidas, con ambiciones idénticas y en un común ambiente favorable. Se diferenciaron en dos cosas esenciales, en la personalidad biológica y en el ambiente nacional. Olivares era gordo, de pasiones superficiales y aparatosas. Richelieu era asténico, agudo, y de dureza y crueldad refinadas. El ministro español trataba de sostener con sus espaldas una Monarquía que se derrumbaba. El francés puso su genio político al servicio de una potencia que corría la parte ascendente de su órbita. Estos dos órdenes de diferencias explican el fallo opuesto con que ambos personajes aparecen ante la Historia. El Cardenal triunfó, y al que vence se le perdonan los más graves defectos. El Conde Duque fue vencido, y al que fracasa se le niegan hasta las virtudes más notorias. La posteridad sólo mide a los hombres públicos por su eficacia. Uno y otro tuvieron el mismo pensamiento político central, la unificación de la Monarquía. El descuido de los problemas interiores, por la exagerada atención a las guerras y conflictos internacionales, fue también rasgo común de la política de los dos validos e idéntica la opresión financiera con que esquilmaron a sus respectivos pueblos. Richelieu mantuvo con la nobleza francesa la misma pugna que Olivares con la española. Las mismas supersticiones, la misma fe en las monjas milagreras, que tanto se censuró en el Conde Duque, imperaron en el espíritu del Cardenal. Los dos gustaban del manejo de los espías y eran maestros en tramar subterráneas conspiraciones. Y el parecido puede seguirse hasta en muchas de sus disposiciones de gobierno interior, como la canalización de los ríos, las prohibiciones del duelo, etc.

Richelieu era más cauto y más eficaz. Olivares gastaba, por el contrario, su eficacia en el aparatoso gesto. Pero era, en cambio, el ministro español mucho mejor que el francés, despótico, duro y cruel.”

Así nos describe el profesor Sir John Elliott, en su libro “Richelieu y Olivares”, como eran estos dos validos, el francés y el español.

“Richelieu y Olivares son mejor entendidos y situados donde les corresponde, en el contexto de la rivalidad internacional y de la recesión económica que caracterizaba a la Europa de las décadas de 1620 y de 1630. Los dos intentaron arreglar los permanentes desórdenes del estado, los dos quisieron elevar a sus respectivos monarcas a mayores cotas de autoridad interior y de prestigio internacional, los dos intentaron crear, mediante la disciplina y la persuasión, unas sociedades más obedientes, más deferentes, más brillantes en la paz y más eficaces en la guerra. En ambos casos la gran arrogancia de su ambición es lo que más impresiona. Los dos estaban intentando, en último término, moldear el mundo a su imagen…

Los dos siguieron, con una tenacidad que rayaba en la obsesión, la línea política que habían escogido, pisoteando en una continua marca hacia delante a cualquiera que fuese lo suficientemente presuntuoso para estovar su camino…La decisión de dominar, de someter todo a sus deseos, procedía claramente de la convicción de que no solo era posible trasformar el mundo, sino que tenían la solemne obligación de asumir esta tarea en nombre de monarcas que habían sido llamados por Dios a un destino especial. Mentalmente vivían en un mundo de absoluta autoridad real, que dependía directamente de la autoridad de Dios…

Tanto Richelieu como Olivares, a medida que se fueron desarrollando sus respectivas carreras, fueron preocupándose cada vez más por el veredicto de la historia”. “Verdaderamente, -decía Olivares en 1634-, son muchos los descuidos que tenemos, y entre los demás no es el de menor consideración lo poco que se cuida de la historia.”

 

La perpetuación de su linaje

La pasión de grandeza del Conde Duque de Olivares estaba muy ligada al sentimiento de la perpetuación de su linaje, como ocurre con los Reyes. El sentimiento de linaje era parte esencial en la ambición de poderío del valido de Felipe IV.

La esperanza en la sucesión directa y legítima se mantuvo viva en don Gaspar hasta la trágica muerte de su hija María. El embajador veneciano, Francesco Córner (138), nos dice en 1633, que buena parte de la melancolía que visiblemente le atormentaba a Olivares se debía a no tener hijos. Trato, para posibles remedios, con hechiceros y con las monjas iluminadas del Convento de San Plácido de Madrid (139).Pero es evidente que, no desesperó enteramente de tenerlos, porque aunque los esposos llevaban ya muchos años sin tener descendencia y parecía cortada la fecundidad de doña Inés, ambos eran jóvenes todavía, él tenía 39 años y 42 su esposa. Se dijo entonces por el padre Ippolito Camillo Guidi que recurrieron “a los medios más indecentes y sacrílegos” para lograr la ansiada sucesión, refiriéndose posiblemente a los recursos para curar la esterilidad de las mujeres, que estaban entonces de moda, sobre todo en Italia. Lo que sí parece es que  hizo tratos con hechiceros y con las monjas iluminadas de San Plácido.

En el año 1642, al hacer don Gaspar su testamento, aún no había perdido la esperanza de la sucesión directa, lo que demuestra que ponía los medios para lograrlo. En muchos párrafos de ese testamento habla “de los hijos que tengo o tuviere”, otra vez dice “que don Enrique Felípez de Guzmán , mi hijo, por no tener de presente yo otro, sucederá en la Casa de Sanlúcar y andarán juntas la de Mairena y Sanlúcar, y podría darme Dios hijos legítimos” y más adelante manda que le suceda en su mayorazgo “el hijo mayor que yo dejare, y los demás luego” y sólo “si estos descendientes legítimos, varones y hembras faltaren”, pasaría al hijo reconocido, don Enrique Felípez de Guzmán.

 

El reconocimiento de su hijo ilegítimo

Sin embargo, sin renunciar por medios naturales o milagrosos, a la posibilidad de una legítima descendencia, decidió reconocer a su hijo bastardo, el famoso Julián de Valcárcel o de Guzmán, suceso culminante de su vida y que causo mucho escándalo.

Pero quien era Julián de Valcárcel o de Guzmán, este niño nació en abril de 1613 en Madrid, fruto de una relación de don Gaspar con la noble napolitana doña Isabel de Anversa, el Conde de Olivares le tuvo desde que nació como hijo suyo, puesto que le entregó a los cuidados de algunos de sus familiares, don Gonzalo de Guzmán y Salazar, y su esposa doña Juana de Ocampo que le criaron como hijo, pasando después a casa de la cuñada de don Gonzalo, doña Francisca de Ocampo. En 1631, a la edad de 18 años, formo parte del séquito del cardenal don Diego de Guzmán, en la jornada de la Infanta (142) María Ana de Austria para ser Reina de Hungría.

Parece que de manera aventurera realizo un viaje a las Indias. Vuelto a Madrid según cuentan los historiadores de la época la conducta del joven Enrique no era la apropiada, de poca formalidad y rebelde, las crónicas hacen figurar su nombre unido a riñas y desafíos por causas sin importancia. El historiador del siglo XVII (143) José Pellicer y Tovar nos cuenta que “poco antes de casarse se dio de cuchilladas con el Duque de Lorenzana, a la salida de los toros, por si bajaban deprisa o despacio una escalera”. En otra ocasión tuvo “un encuentro con don Luis de Ponce, no lejos del terreno del palacio de Madrid, por una nimiedad sacaron las espadas y todo terminó gracias a la intervención del fiel Marqués de Grajal, que le servía”.

En otro brote de rebeldía, se caso don Julián, sin el conocimiento de su padre, don Gaspar, de manera precipitada y secreta con doña Leonor de Unzueta, hija del secretario del Rey, don Leonardo de Unzueta y de doña María de Gamboa. El enlace se hizo en casa de la madre de ella, por el cura de una parroquia que no era la legal, lo cual sirvió de pretexto para su posterior anulación. Causó el matrimonio grandísimo dolor y sentimiento a Olivares, que preparaba a la vista de todos el reconocimiento de su hijo ilegitimo y le tenía en casa de una persona de su confianza, don Jerónimo de Legarda, el cual se ocupaba de disponer a Julián para la nueva vida cortesana, a la que tenía poca afición.

Pero el impulsivo Olivares tenía entre sus ambiciones la perpetuación de su estirpe y no se detendría aunque se encontrase en el camino con la Iglesia, por lo que decidió deshacer el matrimonio. En noviembre de 1640 aisló en casa de don Jerónimo Legarda al recién casado, y a la novia en el (141) convento de la Piedad de Guadalajara, durante el encierro de los dos se tramitó la nulidad del enlace, fundándose en defecto de ritual, que Roma negoció favorablemente, dando plenipotencia para resolverlo al gobernador del Arzobispado de Toledo, don Diego de Castejón, que sentenció conforme a los deseos del ministro.

Quedaron descasados y hubo gran sentimiento y protesta de los dos, pero más de ella, según Novoa “pleiteó doña Leonor contra la sentencia y lloró por los Tribunales, por los conventos, por los confesonarios, por los jurisprudentes y teólogos, pero nada consiguió”.

Hoy no podemos calcular hasta qué punto pesaba la fuerza del poder sobre las voluntades y sobre las conciencias, por lo tanto, no sería justo juzgar con la mentalidad de nuestro tiempo esta claudicación del arzobispado de Toledo ante el valido.

 

Reconocimiento oficial y boda don Enrique Felipe de Guzmán

Tras lo acontecido anteriormente y calmados los ánimos, el Conde Duque de Olivares preparó el reconocimiento público de su hijo y su boda con la hija del Condestable de Castilla. La novia elegida fue, doña Juana de Velasco y Guzmán, era menina de la Reina doña Isabel de Borbón e hija de don Bernardino Fernández de Velasco, Duque de Frías y Condestable de Castilla y de doña Isabel de Guzmán, hermana del Marqués de Toral. Se le vio a don Julián ya por Madrid acompañado de un Ayo, el Conde de Grajal, amigo intimo de Olivares. Y al fin, en enero de 1642, se envió una circular a los embajadores y la nobleza, por conducto de los secretarios de Estado, don Antonio Carnero y don Andrés de Rozas, el documento en que se anunciaban el reconocimiento y la boda, que dice así:

“Las repetidas instancias de la Condesa mi mujer, con el amor, ansia y afecto ejemplar y grande, de mi memoria y de otros estrechos parientes, y amigos, y sobre todo la obediencia de los Reyes, nuestros Señores, Dios les guarde, que repetidamente me lo han mandado, me han obligado a declarar y poner en estado de casamiento con la Señora Doña Juana de Velasco, hija mayor del señor Condestable de Castilla, mi primo, a Don Enrique Felípez de Guzmán, prenda de yerros pasados, que deseo represente dignamente la memoria de mi gran padre y disculpe mis yerros y poco digna memoria, y por cumplir con la obligación de servidor de V. E. doy cuenta a V. E., de esta resolución y que yo y todos los míos estarán siempre al servicio de V. E., a quien guarde Dios, como deseo. Madrid, enero 24 de 1642. Don Gaspar de Guzmán”.

A partir de ese momento y a la edad de 29 años, Julián de Guzmán, se convertía en (140) don Enrique Felípez de Guzmán, hijo del ministro todopoderoso. Con este nombre don Gaspar quería perpetuar la memoria de su padre don Enrique y el inmenso agradecimiento a su señor el Rey Felipe IV.

Desde luego era natural el disgusto en las hermanas del Conde Duque y sus allegados, sobre todo en los Marqueses del Carpió y su hijo don Luis de Méndez de Haro, que veían perdidas sus esperanzas de sucesión, pero todos ellos comprendieron que lo mejor era someterse.

Las capitulaciones de la boda se hicieron el 21 de enero de 1642, día de Santa Inés, onomástica de la Condesa. Llegada la dispensa de parentesco, desde Roma, se celebró la boda el 28 de mayo en la capilla del Alcázar, bendiciéndola el Patriarca de las Indias y siendo padrinos la Reina Isabel de Borbón y su hijo el Príncipe don Baltasar.

Dicen los cronistas que la Reina dijo a don Enrique, “No sólo sois ya hijo de la Condesa, mas también lo habéis de ser mío”,  doña Isabel le regaló la cama en que había dado a luz al Príncipe. También estuvo el Príncipe don Baltasar Carlos muy cariñoso con el desposado, por sincero amor que tenía a su Aya la Condesa y a su nuevo hijo. Don Baltasar Carlos, fue entre todos los miembros de la Familia Real, el que más cerca estuvo en el amor de los Condes de Olivares y sobre todo de doña Inés.

En relación con el rango social a que estaba destinado, don Enrique recibió multitud de honores, entre ellos, Marqués de Mairena, Conde de Loeches, Alcaide del Retiro, Gentilhombre del Rey, Comendador Mayor de Alcañiz de la Orden de Calatrava, de la Orden de Alcántara, aparte de otros cargos remunerados y rentas. Se  le destinó como  Ayo del Príncipe Baltasar, siendo este cargo uno de los que más odio provoco contra  él y su padre.

También se le dio, el mando de una de las compañías de la coronelía del Príncipe, creada para la guerra con Cataluña, compañía que el nuevo Marqués de Mairena reclutó y pagó con lujo, y al frente de la cual salió de Madrid, pocos días antes de casarse, siguiendo la jornada del Rey el 26 de abril de 1642. Estando en (144) Santa Cruz de la Zarza, Toledo, llegó la dispensa de parentesco de Roma y volvió a la Corte, celebrándose el matrimonio el 28 de mayo. La breve luna de miel, de cuatro o seis días, la pasaron en la casa del Conde de Chinchón, en la calle del Barquillo de Madrid y rápidamente se incorporó en Molina de Aragón, Teruel.

 

Perdida del linaje de Olivares

La caída del Conde Duque, en enero de 1643, puso al Marqués de Mairena en una situación tan difícil como a su madre adoptiva, quedaron con sus cargos palatinos, pero sufrieron muchas humillaciones.

El 1 de julio de 1643 emprendió el Rey nueva jornada para Navarra y Aragón y al pasar por la villa soriana de (152) Agreda visitó don Felipe a (145) Sor María Jesús de Agreda, con la que mantenía continua comunicación y sus consejos fueron clave para la destitución del Conde Duque cuatros meses antes, y también ayudaría a que fuesen relegados de la Cortes los demás miembros de su familia. Al llegar a Zaragoza, el 19 de julio por la noche, los del séquito real no encontraban alojamiento, porque decían los zaragozanos “que no se les había pagado el año pasado”. Al final se arregló el albergue para todos menos para uno, que fue, según Novoa, que lo presenciaba, “don Enrique Felipe de Guzmán, al que no querían por ningún caso recibir y aposentar y lo traían peregrinando por muchas casas, sin hallar ninguna donde acogerse, y con palabras muy rigurosas que le traían, muy desabrido y le hacían desatinar”.

El fin se acercaba y los consejos de la monja al Rey prácticamente eran ordenes. El 3 de noviembre, recibió el Marqués de Mairena la orden de retirarse de la Corte y de ir, con su mujer y su madre, a retirarse a Loeches o a Toro.

Al morir en 1645 el Conde Duque, se quedó don Enrique en Loeches, con su mujer y con doña Inés, en perfecta armonía. A primeros del 1646 le nació un hijo, don Gaspar de Guzmán y Velasco, hijo débil, porque el padre estaba ya muy enfermo, probablemente de tuberculosis y abatido por el destierro.

En la entrevista que tuvo la Condesa de Olivares con Felipe IV en el Buen Retiro, a los comienzos de 1646, logró que el Rey dejase a don Enrique volver a la Corte y se le iba a proveer por general de la costa del Reino de Granada. Pero no tuvo tiempo de gozar este comienzo de rehabilitación en la corte ya que la enfermedad avanzaba. El 6 de febrero, “estando muy enfermo, dio poder para testar, nombrando heredero a su hijo legítimo y único y declarando tutoras a su mujer y a su madre adoptiva”. El 9 de junio se le presentaron tos con sangre, agravándose hasta el extremo de recibir los sacramentos. Fue llamado a toda prisa el padre Martínez Ripalda, con los médicos de cámara, a pesar de los cuales murió a los 33 años, el miércoles 13 de junio de 1646, según consta en su partida de defunción.

Dejo un hijo y heredero, le puso por nombre el de sus dos señores, su padre y el Rey, Gaspar Felipe de Guzmán y Fernández de Velasco era la única esperanza de la estirpe de la Casa de Olivares, pero esta esperanza se diluiría a principios de 1948 cuando el pequeño Gaspar murió poco después de cumplir los dos años.

 

Así acabó el sueño de la perpetuidad familiar del Conde Duque de Olivares.

Los últimos años del valido

 Caída de la privanza

En 1640 ocurre el Corpus de Sangre en Barcelona (97), esta revuelta del 7 de junio de ese año se cerró con cerca de  20 muertes, mayoritariamente funcionarios reales y la muerte del virrey de Cataluña, el conde de Santa Coloma, que marcaria la ruptura entre Cataluña y la Monarquía y precipitó el inicio de la Guerra de los Segadores. Pocos meses después se sublevaba Lisboa. Comenzaban así, casi a la vez, las dos dolorosas guerras peninsulares, la de Cataluña con las derrotas castellanas en Montjuich en junio de 1641 y Lérida en octubre de 1642, duró hasta 1652 terminando con la pérdida de la Cataluña francesa y la de Portugal hasta 1668, y que concluyo con la independencia de todo el reino lusitano. Al año siguiente, en 1641, hubo la intentona, del Duque de Medina-Sidonia y el Marqués de Ayamonte, para independizar a Andalucía. (98). Esto fue la puntilla para la vida política de Olivares. Su estrella se eclipsó también en los campos de Europa, a la que se unió la desdichada muerte del gran Cardenal Infante en 1641 (99), incluso en el destierro supo la gran desgracia de nuestras tropas en la batalla de Rocroy en 1643 (100).  El golpe final lo dio la llamada “conspiración de las mujeres” en 1642, llevada a cabo por la Reina Isabel de Borbón, la Infanta doña Margarita de Saboya, la nodriza del Rey, Ana de Guevara, y la monja Sor María de Jesús de Ágreda quienes concertaron un plan y convencieron a Felipe IV de que destituyera a Olivares y gobernara él, sin la ayuda del valido. El Conde Duque perdió finalmente todo su crédito político, con gran dolor en su alma por el hundimiento de su obra.

 

Sus últimos días de valimiento y salida del Real Alcázar

La magnitud del desastre nacional era inmensa, y don Gaspar, deprimido, cansado y enfermo no se sentía capaz de seguir sustentando su responsabilidad. Pero en una monarquía absoluta era necesario que el Rey lo destituyera. Don Felipe tardaba en decidirse a dar este paso, después de veintidós años y contra el que había sido la persona en había recaído todo el poder de su monarquía. Pero finalmente llegó.

El Conde Duque, que tantas veces había solicitado al Rey licencia para irse, la pidió ahora también, lo sabemos por el confesor de Felipe IV, “el Conde pidió licencia para irse a su Estado de Sanlúcar” en Sevilla, y respondió el Rey, “Tan lejos, no, Conde, más cerca, sí”. En una carta conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid, se dice que se había elevado consulta al Rey para que se mandase al Conde Duque “a Sevilla o al Tardón, o de todas maneras a algún otro lugar suyo de Andalucía”, otros escritos hablan de que don Gaspar “había dispuesto casa en Andalucía para su retiro”. Sin embargo, su retirada a Loeches, hace intuir que esta salida de palacio, debió ser considerada por el Conde Duque como algo provisional y le convenía estar cerca de la Corte para poder volver a ella tan rápido se le presentara la ocasión.

Sábado 17 de enero, el Rey envió al Conde Duque, un billete concediéndole la licencia que había pedido, en términos muy semejantes a los del documento de cesantía. Don Gaspar envió a llamar a su mujer que estaba en Loeches, llegando esta por la noche. Hasta muy tarde se ocupó el ministro, con el protonotario Villanueva y José González, de arreglar y recoger sus papeles, y de quemar algunos otros.

Domingo 18 de enero, la noticia de la despedida del Conde se supo por todo Madrid. Los patios y alrededores del Alcázar se llenaron de una inmensa muchedumbre que comentaba el rumor, “pero como el respeto del Conde era tan grande y la nueva tan peligrosa, unos no se atrevían a decirla y otros ni a preguntarla”. Dentro de Palacio, el Conde hizo su vida habitual. La hostilidad de grandes y pequeños era ya incesante, hacia él y hacia su mujer. Pero verdaderos amigos no le abandonaron, entre ellos el Marqués de Santa Cruz (101), que entró a saludarle y don Gaspar le encargó que no olvidase a su mujer y a sus hijos.

Lunes 19 de enero, con admiración de los que creían al Conde Duque poco menos que encarcelado, “dio audiencia en su aposento como solía y presidió una Junta de Estado” en la que mostró mal humor. Por la noche hubo Consejo en el aposento real, sin asistir el Conde.

Martes 20 de enero, el pueblo se encontraba desorientado y defraudado, pues el Conde Duque continuó despachando como si nada ocurriese. Besó la mano al Rey el célebre jurista Juan Chumacero, que había estado unos años de embajador en Roma, y la gente pensó que sería el Valido que sustituiría a don Gaspar.

Miércoles 21 de enero, por la mañana, Felipe IV se iría a cazar a El Escorial para que, durante su ausencia, se fuese el Conde Duque. (102). Es evidente que el débil Monarca, ligado por vínculos de gran afecto por Olivares, no se atrevía a presenciar el momento de la salida de Palacio, doloroso para los dos. El Príncipe Baltasar Carlos se fue a la Zarzuela con su Aya la Condesa de Olivares, doña Inés (103), mientras el Conde continuaba despachando durante todo el día.

Jueves 22 de enero, la Reina, impaciente, envió un despacho al Rey para que volviese. Cuando volvía el Rey de la cacería del Escorial y al pasar por Aravaca tuvo el encuentro con los Grandes capitaneados por el Duque de Híjar. Dicen que al llegar a Madrid, y ver que don Gaspar estaba en el Alcázar todavía, mostró un gran disgusto. Tras la caída en desgracia del Conde Duque, Rodrigo de Silva Mendoza, Duque de Híjar, aspiraba a suceder a Olivares en la privanza, y se enfrentó a Luis Méndez de Haro, contra quien intentó organizar una conjura nobiliaria, lo que le costó un destierro de la Corte.

Viernes 23 de enero, se publicaron temprano algunas mercedes que el Conde Duque había solicitado para sus criados, antes de abandonar el poder, y que le fueron concedidas. El Ayuda de Cámara, Matías de Novoa las enumera: Tenorio, Carnero, Valero Díaz, Pedro López de Calo y Simón Rodríguez, entre otros, obtuvieron buenas prebendas. Esto demuestra la nobleza del valido, que no abandono a los que le sirvieron con lealtad. Con estas últimas prebendas se dio por cierto que la salida del Conde era inminente y se llenó de gran gentío las inmediaciones del Alcázar, y más aun cuando vieron que esperaba desde primera hora un coche conforme al oficio de Caballerizo Mayor, “con seis mulas, un carro largo, dos jacas y una mula regalo” todo hacía prever la salida de Palacio del Conde Duque de Olivares.

El Conde estuvo media hora con el Rey. No hay noticias ciertas de cómo fue esta conversación ya que nadie estuvo presente. La conducta que siguió después hace presumir que el diálogo fue cordial, en medio del dolor que a ambos debía de traspasarles y  dan la certeza de ello las cartas de don Gaspar al Marqués de Leganés (104), al Príncipe Baltasar (105), y en el Memorial del padre Ripalda, en el que rotundamente se afirma que el Rey prometió “dos veces, no hacer novedad en el estado del Conde y conservar en Palacio a la Condesa”.

Así decía una carta, escrita por don Gaspar durante los días de su caída, dos días antes de salir de Madrid, y dirigida a la persona que le merecía más confianza de cuantas le rodearon, su primo el Marqués de Leganés, en el amor su verdadero hijo.

“Primo, aunque creo que el Rey, nuestro señor (Dios le guarde), os ha escrito que en razón de mis achaques y la falta de fuerzas en que me hallo estoy obligado a tratar de cura larga en lugar de asir el remo con más vigor que nunca, como lo pedía la sazón, podía yo excusar el haceros otra relación, pero no de deciros, primo, que ésta es la ocasión de que el Rey nuestro señor (Dios le guarde) conozca que los ministros y parientes que han corrido por mi mano son tales en la fineza, celo y aliento que mis imposibilidades no sólo las han de reparar con sus acciones, sino adelantar más que nunca y hacer que Su Majestad experimente y toque con la mano que aquellos que yo he propuesto son tan finos como yo y más. Si nuestro Señor se sirviese de que la cura aproveche, aquí me tendréis, y donde no, os ofrezco mis oraciones delante de Dios, porque realmente los achaques aprietan y son de mala calidad y toman la cabeza, con que veréis la gravedad a que llegan. En materia de negocios me remito a los despachos de S. M. (Dios le guarde). Algún dinero nos ha remitido; trataré vivamente de que hará luego más; y espero que no se dilatara. Dios os guarde como deseo y he menester. Madrid, 21 enero de 1643”.

De mano propia, “Creo de mí, señor mío y mi hijo, que mi salud no ha podido pasar más adelante y que me podéis consolar en esta parte última de mi vida, sólo con servir al Rey, nuestro señor; también que mis canas y achaques resuciten con nuevas ocasiones de que servir muy aventajadamente a Su Majestad. Yo os hecho mi bendición porque deseo infinito curarme por ver si puedo ayudaros; pero lo cierto es morir vuestro padre y vuestro amigo. Hasta que Dios resuelva. Don Gaspar de Guzmán”.

Esta carta revela, que era verdad la enfermedad de Olivares y que Felipe IV alegaba en su decreto de 24 de enero, además que la enfermedad había comenzado a producir una confusión grave en el valido, ya que en ella tiene todavía la esperanza de curarse y el deseo de volver a su mando.

Hubo luego una Junta, y Olivares asistió a ella con aparente serenidad, terminando a las once. A esa hora “comió con dos personas solas que le asistían, Rioja y el contralor de la Reina, que había sido criado suyo, con profunda melancolía y sin hablar palabra, apenas probó un bocado de los platos que le pusieron”. Esperaron a una “hora más ocupada, en que los hombres estaban comiendo y reposando en sus casas del trabajo común y cotidiano de los oficios y de los negocios” y mientras los curiosos esperaban en torno de la carroza oficial, bajaron los criados en una silla al valido (180), porque no podía andar, por otra escalera secreta, acompañado de su sobrino don Luis de Haro, del Conde de Grajal y de don Francisco Rioja. Se despidió de Haro, que en estos últimos días de vida oficial de su tío se comportó, como era en él costumbre, con escrupulosa caballerosidad, y con los otros dos Grajal y Rioja más el Padre Martínez Ripalda, desde aquel instante confesor suyo, que abajo le esperaba, salieron por una puerta del servicio y montaron en un coche ordinario, que se le había dispuesto en secreto. Detrás iba otro coche con algunos criados.

Dice Novoa que “el miedo con que salió fue notable” y que en lugar de seguir la ruta directa y habitual para ir de Palacio hacia Loeches, que era la calle Mayor (106), Puertas de Guadalajara y del Sol (107), calle de Alcalá y Puerta (108), tomó un camino por otras calles. En cambio, Pinelo cuenta que el coche del ministro siguió el rumbo corriente, por la Puerta del Sol, hasta la Puerta de Alcalá, allí dice aguardó a otros criados. Tomó una litera, con dos coches detrás y hasta 40 personas a caballo, y se dirigió a Loeches.

Al día siguiente, sábado 24, salió el decreto dirigido al Consejo, dando cuenta oficial de la salida del Real Alcázar del Conde Duque.

 

El destierro en Loeches

Cuando los Condes de Olivares eligieron Loeches, como lugar para su recreo y descanso, era una villa con una población pequeña, de 300 vecinos, “con casas de tierra y algún yeso”, campos pobres de cebada, viñas y olivos, y escasa leña en los montes próximos. La adquisición del Señorío de Loeches se realizo el 4 de mayo de 1633, por la que pagó 170.200 ducados, don Gaspar de Guzmán además realizo obras de mejoras en la villa, entre ellas la conducción de aguas a la villa, gastando en ello más de 10.000 ducados. Existía en Loeches un convento de Carmelitas Descalzas (109), que había fundado don Iñigo de Cárdenas y Zapata, señor de la villa, gentilhombre de Felipe II y mayordomo de Felipe III, de cuyos testamentarios la adquirió el Conde Duque. La visita a este convento, muy humilde, debió de sugerir a don Gaspar, pero sobre todo a doña Inés, a cuyo nombre se hizo la fundación, la idea de erigir otro monasterio más lujoso, frente a aquél, quedando los dos unidos por el edificio de vivienda de los dueños, y entre los tres una gran plaza. Loeches estaba en una región tan desamparada, que no puede pensarse más que en una inclinación espiritual al retirarse en él. El espíritu extremadamente religioso de ambos esposos les inclinaba a un lugar de meditación y de silencio, cuando descansaban de la vida cortesana, sobre todo después de la muerte de su hija María. Cerca está la vega del río Henares, frondosa, pero entonces poco habitable por la plaga del paludismo. Loeches, sobre una colina pelada y sin más horizonte que las estribaciones de las sierras de Guadalajara, no tenía otras amenidades que aquellas que el espíritu encuentra para el alma. Tenía, reputación de pueblo sano, por su sequedad, por sus aires y por un manantial de aguas medicinales. Por la villa pasaba el camino que viene de Aranjuez y Toledo y se une, a siete leguas y media de la corte, con el que va de Madrid a Barcelona. La importancia de Toledo y después de Aranjuez, como Sitio Real, hacía que se utilizase mucho este camino, practicable para el tránsito de los carruajes, sin pasar por Madrid, la gran ruta que entonces era la principal vía comunicación con el resto de Europa.

 

El Monasterio de la Concepción

En 1636 dieron comienzo las obras del monasterio con proyecto y dirección de Alonso Carbonel, arquitecto del Rey Felipe IV y del Conde Duque de Olivares, mientras que la ejecución de las obras estaban a cargo del maestro de obras Cristóbal de Aguilera, que junto a Carbonel habían realizado trabajos en la construcción de los jardines y palacio del Buen Retiro.

En 1637 nos dicen las nuevas de Madrid que “el Conde Duque da mucha prisa en la fábrica del convento en Loeches (110), habiéndose ya abierto los fundamentos del templo, que será de la misma proporción y grandeza que el de la Encarnación de esta Corte. Ha traído también a este convento una porción de agua de una diafanidad cristalina y mucho mejor que la de Corpa”.

Otra de las primeras actuaciones que mando el Conde, fue la plantación intensiva de olivos en el entorno extramuros del monasterio, conformando un bosque geométrico. Don Gaspar incorporo en los terrenos circundantes y en el paisaje de Loeches una extensa plantación de olivos, orgulloso de sus raíces y emblema de su Casa y Estado, dando sentido al emblema  “Sicut Oliva Fructifera” (Como Olivo Fructífero), con el que se hizo grabar por tal motivo con su escudo nobiliario y rodeado de ramas de olivo, en 1630 por Herman Panneels (171). Hoy todavía podemos observar gran cantidad de olivos plantados (174) entonces, cercando el monasterio.

El convento estaba habitable en 1640 y en esta fecha entraron en él las monjas que venían desde Castilleja de la Cuesta en Sevilla. Pero la fábrica de la iglesia tardó mucho en terminarse, por lo que no la vieron concluida ni el Conde Duque, ni su mujer. (111) Doña Inés en su testamento, muy poco antes de morir, encarga a sus herederos que “cumplan enteramente la escritura de fundación y se acabe con toda brevedad la iglesia” y para ello adjudica “un rubí de mucho precio”. El amor de doña Inés a su obra era tal, que el día de las capitulaciones de don Enrique, su hijo adoptivo, con la hija del Condestable de Castilla, le pidió “que quisiese siempre bien a su cuñado el Duque de Medina de las Torres y a Loeches”.

El monasterio es bello, de fachada muy semejante a la Encarnación de Madrid. (112). Su interior guardaba estas estancias, Iglesia, coro, oratorio, locutorio, refectorio, enfermería, lavadero, ropería, celdas, cocinas y biblioteca, en el sótano se encontraba la bodega, despensas, almacenes, graneros, cuadras y pesebres para los animales  Mientras, la zona exterior estaba diseñada con claustros, jardines, huertos, cuatro ermitas y estanques. Hoy no podemos darnos cuenta del esplendor que tuvo, pues falta la decoración de los cuadros de Rubens, regalo del Rey a Olivares, y otros de Tintoretto, Bassano, Tiziano…., desaparecidos con la invasión francesa, que en esta zona madrileña hizo numerosos estragos. Las monjas que regentaban en aquellos tiempos el monasterio tuvieron que huir, mientras que las tropas napoleónicas lo saquearon y se llevaron o destruyeron la mayor parte del archivo, que tuvo que ser interesantísimo.

 

El Palacio de los Condes en Loeches

Junto con el monasterio los Condes de Olivares edificaron un palacio que les sirviera de residencia en su retiro de la villa de Loeches, para la construcción del conjunto monástico-palaciego (172) dedicaron un terreno junto al convento de las Carmelitas Descalzas, en forma rectangular, con unas dimensiones de 215×150 metros y una superficie de casi 34.000 m2.

El palacio de los Condes (146) era un edificio con relativa modestia al exterior, construido entre los dos monasterios y con una superficie aproximada de 1.800 m2, fue la residencia de los Condes y su círculo familiar, además de allegados e invitados cuando estos visitaban la villa. El edificio era de un solo piso, con cuadra subterránea, que se componía de dos piezas, una para ocho animales y otra para tres, y a la que se bajaba por una rampa a la izquierda del zaguán.

Del zaguán partía una breve y ancha escalera que daba acceso a la vivienda. Consiste ésta en dos crujías, la de la fachada principal, orientada a la plaza, con tres habitaciones (una alcoba y dos despachos, uno de éstos con chimenea de piedra sencilla), y la posterior que da a una huerta, que consta de una sola y amplia pieza que debía servir de sala de recepción. El exterior del palacio era austero, con pocos adornos que nos indicara quien eran sus moradores, el interior si pudo contener un cierto número de obras de arte y objetos de relevancia artística, como tapices, cuadros, mapas, esculturas, trofeos, biblioteca, mobiliario, y otros bienes. Desde la Casa-Palacio tenia don Gaspar un pasadizo, por el cual le comunicaba con su tribuna privada en el crucero de la iglesia, desde donde oía misa. Probablemente la servidumbre se alojaría en casas, hoy desaparecidas, al otro lado de la plaza. Un zócalo de Talavera, corría por todas las habitaciones, que, sin duda, estarían adornadas y confortadas con tapices. En los últimos años del siglo XIX la Casa-Palacio fue derribada por el Duque de Alba, para construir en su solar el Panteón familiar de la Casa de Alba anexo a la iglesia del monasterio, el resto del solar lo ocupa hoy el colegio público Duque de Alba, la puerta principal de la Casa-Palacio (173) es lo único que podemos ver en la actualidad, puerta que sirve de acceso a dicho colegio.

 

Los 140 días del Conde Duque en Loeches

El Conde Duque se entregó en Loeches, con mayor fervor que hasta entonces, a la vida de devoción. Se levantaba muy temprano, oía varias misas y oraba hasta las once, desde la tribuna con celosías, frente al altar mayor de la iglesia (175).

Se paseaba luego por el campo con sus perros, a pie o en su carroza. En los días de lluvia o de frío, el paseo lo hacía por la galería cubierta que hay en la fachada sur de la iglesia.

Después de comer, salía de nuevo, veía jugar a las gentes del pueblo y a sus criados, rezaba y cenaba después. Antes de acostarse volvía a rezar el rosario. Un manuscrito de la época, que se conserva en el monasterio, añade nuevos detalles a estas devociones. Nos dice que oraba ante la calavera “de un hombre muy insigne en letras que en la Universidad de Salamanca había sido su maestro”, y que se ponía al brazo cilicios, “de que daban muestras las señales que de los hierros tenía en las mangas de las camisas”.

En todas estas devociones le acompañaba su confesor el Padre Martínez Ripalda y su intimo amigo, bibliotecario y poeta Francisco de Rioja. Salvo éstos y la servidumbre, su soledad era absoluta. Doña Inés y los hijos seguían en Palacio. Las visitas que venían de Madrid, unas traídas por el cariño y otras por la curiosidad, eran escrupulosamente rechazadas. “Dio por razón al Padre Martínez Ripalda, para no verlos, que los que venían eran amigos o no lo eran, si eran amigos, no quería enternecerse con ellos ni darles ocasión de sentimiento y si no lo eran, temería turbarse”. Tampoco recibía ninguna carta, salvo las de su mujer. El rigor de su aislamiento era tal que, según Matías de Novoa, ponía “espías en los caminos para avisar y despedir”.

Empleaba algunos ratos en la agricultura. Serían, probablemente, consejos a los peones los que diera y no trabajo de azadón, pues su obesidad, su gota y la fatiga creciente le impedían ya todo trabajo físico. Aún alentaba en él, el espíritu reformador, y trató de convertir aquellas lomas, ya entonces peladas, en cotos de caza. Pero la oposición popular continuaba hasta en sus propios dominios y los labradores, alegando que los conejos que se proponía traer serían perjudiciales para los sembrados y viñedos, se opusieron a la reforma.

Ésta era la situación del Conde Duque de Olivares en los primeros días de su retiro. Pero pronto empezaron a llegar a Loeches noticias de la agitación de la Corte. Los Grandes se inquietaban de verlo tan cerca de Madrid, pues pensaban que seguía gobernando desde Loeches, mediante el acceso de la Condesa doña Inés al Rey, o en visitas misteriosas que se aseguraba hacía don Gaspar al Rey, en el Buen Retiro. Y arreciaban los ataques al Conde y las indirectas al Rey, en libelos y en gritos que la gente profería al paso de los Monarcas por la calle.

Pero el 18 de febrero, sin cumplirse un mes de su salida de Madrid, circuló por la Corte y llegó a sus manos el Memorial del Oidor, don Andrés de Mena, en el que se enumeraban los principales cargos en contra suya, que corrían de boca en boca y algunos más.

Se adivinaba, claramente, que a la pluma del Oidor Mena la movía el odio implacable de los Grandes, decididos a rematar al caído. Pero la paciencia de Olivares se acabó y una vez más reaccionó desde el fondo de su depresión. Llamó a Francisco de Rioja y se pusieron manos a la obra en la elaboración de un escrito de su defensa, que se llamó El Nicandro. (113)

En las cartas de los jesuitas hay una relación muy puntual de las últimas horas de Olivares en Loeches. Acordado por la Junta que se formó para dictaminar sobre El Nicandro que el autor de éste era el Conde Duque, se juzgó “para satisfacción de los lastimados en el papel”, que se le castigase llevándole más lejos. El Rey se conformó, pero “añadiendo de su letra que se dispusiese que el Conde pidiese licencia para hacer menos áspero el destierro”.

A primeros de junio de 1643, don Luis Méndez de Haro (114) acompañado de don Francisco Antonio de Alarcón, fueron a Loeches con la orden del nuevo destierro Se quería que la entrevista se celebrase en el mayor secreto, para lo cual se citó a don Gaspar, que había de estar solo, en los alrededores de Loeches, y cada uno de los dos emisarios salieron de Madrid con pretexto de ir de caza y por diferentes caminos. El Conde fue el primero en llegar al lugar señalado, después llego Alarcón, que entró en el coche de Olivares y como no debía hablar hasta estar los tres, pasaron la hora que duró la espera hasta la llegada de Haro sentados uno frente a otro, sin apenas hablar. Cuando llego Luis de Haro, retiró su coche y “entró en el de su tío, haciéndole la misma cortesía y veneración que en los tiempos de su prosperidad, y queriéndole besar la mano, se bajó el Conde al estribo porfiando que tomase su lugar, sobre que hubo muchas repugnancias. En fin, don Luis quedó al estribo, el Conde en la testera y don Francisco a los caballos, y luego comenzó la conversación”.

El resto de la conversación se desarrolló en el mismo tono. El Conde se negó a pedir licencia al Rey para retirarse, porque pidiéndolo se privaba del gusto de obedecerle y así creería mejor que seguía sujeto a su servicio. Pero al fin se convino en que la fórmula fuese que Haro, como sobrino de Olivares, pidiese a don Felipe el traslado de su tío a otro lugar que no fuese Loeches, porque el calor excesivo de estas tierras, en verano, perjudicaba a su salud. Se pensó en Andalucía, por ser la tierra familiar y el centro del Estado de Olivares. Pero al día siguiente, el Padre Martínez Ripalda llevó una carta de don Gaspar para Haro, en la que le pedía que no se le enviase a Sevilla o Sanlúcar, sino a Toro o León, “por su mejor templanza”. Y así fue acordado.

Al volver de la entrevista, el coche de Haro se rompió y tuvo que volver a Madrid en el de Alarcón. Don Gaspar regresó a Loeches en el suyo, solo como había venido, “con lágrimas en los ojos”.

Don Gaspar no quiso retirarse a Sevilla por estar lo más cerca posible de la Corte, con la esperanza todavía, de que Felipe IV se viese abrumado por la gobernanza del país, y fuese llamado de nuevo a ocupar su valimiento. Esta fue la causa y no otra de la decisión del Conde Duque de Olivares de retirarse a Toro y no a Sevilla, ciudad de la se sentía hijo de ella, a la que tanto amaba y echaba de menos.

A los pocos días salió para su nuevo destierro. No había llegado a cinco meses su estancia en Loeches.

 

Segundo destierro, de Loeches a Toro

El jueves 12 de junio de 1643 salió el Conde Duque de Loeches, camino de Toro, para cumplir su nuevo destierro. La elección de esta ciudad se debió a su clima fresco y a que allí tenía un palacio su hermana doña Inés de Guzmán, Marquesa de Alcañices, que se encontraba ya viuda, y que demostró un amor fraternal hacia su hermano hasta el final de sus días. Era, en realidad, su única hermana disponible, pues doña Francisca, la Marquesa del Carpió, había muerto un año antes, y (147) doña Leonor, la Condesa de Monterrey estaba reñida con él y no quiso verle. Pocos días antes, el Marqués de Oropesa, sobrino del difunto Alcañices y heredero de este título, había salido ya para preparar el hospedaje del valido y de la viuda de Alcañices, que quería “cuidar del regalo de don Gaspar y ser su ama”. No se permitió a Olivares entrar en la Corte, aunque lo solicitó, y fue dando un rodeo parando a comer en Pozuelo de Alarcón, villa próxima a Madrid, donde un mozo de don Luis de Haro le había preparado seis almohadas blancas para dormir la siesta. Don Luis en persona acudió, con la Condesa de Olivares, que se despidió de su marido tiernamente. Haro habló con su tío en secreto algunas horas. Allí y en la Torre (hoy Torrelodones), donde también se detuvo, fue visitado por su hijo don Enrique Felipe y muchos amigos, entre ellos el Conde de Grajal.

 

Llegada del Conde a la ciudad de Toro (115)

Relato de los primeros días en Toro del Conde Duque de Olivares

Sábado 20 de junio, “llegó a las casas del Marqués de Alcañices (116) dispuestas para su habitación, y después de haber estado recibiendo visitas, muy apacible, se retiró. Por la tarde visito a su hermana la Marquesa de Alcañices, y al salir dijo, Vamos a darle la obediencia a nuestro corregidor. Y por no hallarse en casa dejó advertido que le dijesen que había ido a besarle las manos, y después de haber andado por el campo, paró en (148) las vistas que llaman el Espolón, cerca de la Colegiata, allí llegó el corregidor y le hizo entrar en el coche. En una calle, después de haber pasado, se oyó la voz de un niño que decía, Vítor al Conde de Olivares. Poco más adelante salió una vieja de la puerta de su casa y le dijo, Sea Vuestra Excelencia muy bien venido a esta tierra”.

Domingo 21 de junio, “por la mañana salió a la plaza mayor a recibir a los que fueron a verle, con extremado agrado y cortesía. Por la tarde estuvo viendo los juegos de pelota, concertando los partidos y procediendo como caballero de más de la ciudad, con bastante naturalidad y como si se hubiera criado y vivido siempre en ella. Llevó en su coche a los que cupieron, agasajándolos”.

Lunes 22 de junio, “se halló en un Ayuntamiento ordinario y tuvo en él el lugar que le toca, sin admitir el del Marqués de Malagón, aunque se le ofreció, en nombre del dueño su teniente, con muchas instancias. Respondió a la bienvenida y luego trató de los negocios como si fuera vecino”.

Jueves 25 de junio, “se corrieron toros por la festividad de San Juan y el Conde Duque estuvo en ellos, en las casas del Ayuntamiento, como Corregidor. Y aunque tenía prevenido para poder salir si se cansase, los vio todos y dio vuelta a la plaza, a la entrada y a la salida, mostrándose cortés y agradecido a todos”.

Viernes 26 de junio, “por la mañana acabó de despachar la estafeta en la calle de la Pelota, y estando sobrescribiendo un pliego llegó un mercader, vecino de Zamora  y le tomó la muletilla, que estaba arrinconada al estribo del coche, por la parte de adentro, y la estuvo mirando por todas partes, con ignorante curiosidad  y no se detuvo hasta que levantó la cabeza el Conde y le dijo, con risa, si le agradaba la hechura. Por la tarde bajó al río Duero y entró en un barco a ver echar dos lances a unos pescadores, y luego que salió de él se levantó un torbellino con aire recio y tempestad de truenos y relámpagos”.

Sábado 27 de junio, “visitó a la Vizcondesa de Santa Clara y al salir llegó a besarle la mano Sebastián de Contreras, que había dejado la Corte por el sosiego de su casa o por la falta de salud. Le recibió con ternura y demostración del amor que le había tenido siempre y  que le tuvo a su padre”.

Domingo 12 de julio, “Oyó misa el Conde en el ilustre (150) Convento dominico de San Ildefonso, situado frente al Palacio de Alcañices, estuvo en un cancel que se le ha hecho para asistir a los divinos oficios con más decencia y devoción. Por la tarde vio jugar a las armas en el patio del palacio, mostrando la inclinación que ha tenido a los ejercicios de habilidad y destreza, y salió al campo a la caída del sol”.

Lunes 13 de julio, “por la mañana fue a la ermita de Nuestra Señora del Canto, (117) imagen devotísima, patrona de Toro y su Alfoz”.

Hizo en la ciudad de Toro su pequeña corte con criados, amigos, confidentes y hasta poetas protegidos, como Luis de Ulloa. Por las mañanas, después de sus largos rezos, recorría varias iglesias de la ciudad. Le gustaba también recorrer casi a diario los puestos de los agricultores, carniceros, pescadores del Duero, panaderos, vinicultores, y otros puestos de artesanía que estaban instalados bajo los soportales de la calle Mayor (176) de Toro. Paseaba en su coche o en caballos mansos, por el campo, generalmente por los (149) altos de Valdeví, con unas agradables vistas de la ribera del rio Duero, y por la tarde visitaba nuevamente los monasterios torensanos  y no saciado con esto su fervor religioso, proyectaba extender a los de las villas vecinas sus piadosas peregrinaciones, sobre todo si eran de sus amigos los jesuitas. Además del padre Martínez Ripalda, otros de la Compañía de Jesús le visitaban, como el padre Pimentel.

 

Ulloa, su último mecenazgo

Después de desterrado en Toro, Olivares, no se resistía a vivir sin sus gustos de grandeza, organizó “su pequeña Corte” y en ella, el gran séquito de escritores de los días magníficos de Sevilla y del Buen Retiro estaba representado por el poeta Luis de Ulloa, que no le era desconocido y al que había protegido ya, no sólo por ser poeta, sino porque era muy amigo y paisano de su yerno, el Duque de Medina de las Torres. Tuvo una gran alegría cuando al entrar melancólicamente, en la ciudad del Duero, el sábado 20 de junio de 1643, entre la muchedumbre afectuosa que le recibía, distinguió al poeta. Ulloa, pagó al Conde Duque su amistad con un soneto laudatorio nobilísimo, que debió servir de infinito consuelo al desterrado don Gaspar. El soneto dice así:

 

AL CONDE-DUQUE RETIRADO EN TORO

Este varón que de gloriosa rama
al Duero se aparece coronado
después que de su mérito fiado
examinó del sol toda la llama.

Asido de las plumas de la fama
vive, sobre la envidia contrastado,
y dentro de las almas retirado
logra el amor que universal le aclama.

Siempre con luces de mayor que humano
si forzado del vuelo se suspende
o no quiere valerse de las alas;
y en entrambas fortunas soberano,
sube, cuando parece que desciende
y son de corazones las escalas.

Y la mordaz cuarteta:
La Monarquía enfermó
y cada día empeora.
O el Conde gobierna ahora
o el Rey siempre gobernó.

 

La salida de la Condesa de Palacio

Pero aún le quedaba otro trance amargo por el que pasar, la expulsión de la Condesa de Olivares, de Palacio. Creía la gente que doña Inés era su espía en la Corte. El Conde Duque se había retirado para siempre, mas para que constase que se había ido y que no le echaban, porque el echarle no era justo, es por lo que “resolvió, dice el documento, Vuestra Majestad mandar que la Condesa quedase ejerciendo sus oficios en Palacio y empeñando V. M. su real palabra de hacerla merced y conservarla en ellos y de no hacer novedad en el Conde por hallarse obligado el Rey a sus servicios”.

Por eso fue un golpe tremendo para Olivares la noticia de que, faltando a la real palabra, en octubre de 1643, la Condesa y sus hijos salían del Alcázar para hacerle compañía en Toro.

Después de la expulsión de doña Inés, siguió entre el Rey y los Condes intercambio de correspondencia. Felipe IV no se hallaba sin ellos y perduraba en él aquel sentimiento de vacío que, a raíz de la caída, expresaba “faltándome el Conde Duque no me atreveré a fiar de nadie lo que de él”. (119)

 

El testamento de Olivares

El testamento de don Gaspar de Guzmán, otorgado el 16 de mayo de 1642, tres años antes de su muerte, se desarrolla extensamente y con minuciosa precisión de detalles, muchas de esas cuestiones son tocantes a sus estados, el de Sanlúcar que iría a parar a su hijo reconocido, don Enrique Felipe de Guzmán y el de Olivares que recaería en su sobrino don Luis Méndez de Haro.

En las primeras disposiciones del testamento del Conde Duque, relativas a su propio enterramiento y el de sus familiares, aparece su propósito de que sus restos reposasen en tierras sevillanas, el decide que una vez extraídas sus entrañas y depositadas en el Colegio de Santo Tomas de Madrid, del que poseía el patronazgo, su cuerpo fuese depositado provisionalmente en el Convento de la Concepción Dominica de Loeches, hasta tanto se construyese el “entierro” que tenia dispuesto en el Convento de Jerónimos que se había de fundar y construir en (164) San Juan de Aznalfarache, donde habrían de ser llevados igualmente los restos mortales de su hijo Alonso, de sus hijas María e Inés, de su nieta y cuando fallecieren, los de su esposa y su hijo. Este Convento nunca llego a fundarse ni a construirse y por lo tanto su deseo nunca fue ejecutado por la prematura muerte de su esposa e hijo.

Su padre, don Enrique de Guzmán, el II Conde de Olivares en sus últimas disposiciones testamentarias, indica a sus herederos terminen las obras de construcción de la iglesia de Olivares y que esta sirva de enterramiento familiar en la que ya se hallaba enterrada su propia esposa, fallecida en Palermo en 1594.

Otras disposiciones validas sobre el deseo del Conde Duque de ser enterrado en la Cripta de Olivares, están contenidas en “Los Estatutos de la Santa Iglesia Colegial de Santa María la Mayor de las Nieves de Olivares”, (120) redactadas en 1626 por el propio don Gaspar de Guzmán. Dentro de dichos estatutos y en su Titulo V, que trata del “Patronato, sepultura y prerrogativas del patrón de la Iglesia”, en los estatutos V al VII del mismo título se lee textualmente:

“El entierro de esta iglesia y de su capilla mayor y de sus colaterales, santuario, coro, sacristía y cabildo de ella, son y han de ser de los señores de mi casa y descendientes de ella, pasándose al dicho entierro el cuerpo del Conde don Pedro Guzmán y el de la Condesa doña Francisca  de Ribera, su mujer, mis señores y abuelos, y de los dichos Condes don Enrique de Guzmán y doña María Pimentel y Fonseca, su mujer, mis señores y padres. Los cuales y los de algunos hermanos suyos, y especial los de los de los señores don Pedro Martin y don Gerónimo de Guzmán, mis hermanos y los de don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, y doña Inés de Guzmán, hijos míos y de la dicha Condesa, mi muy cara y amada mujer, que de presente están depositados en la capilla mayor de la Iglesia de Olivares, es mi voluntad que se pasen y trasladen a la dicha Iglesia Colegial donde hubiere de residir, y celebrarse en ella los divinos oficios…”

(151) “Así mismo quiero que la dicha Iglesia y entierro sea de los dichos Condes, mis señores padres y abuelos, y mío y de la Condesa doña Inés de Zúñiga, mi muy cara y muy amada mujer, y de todos los sucesores y descendientes suyos y nuestros…”

“El Abad y Cabildo, capellanes y demás ministros de esta Iglesia han de estar obligados de ir capitularmente a los depósitos y entierros de los dichos mis padres y abuelos y míos y de la Condesa, mi muy cara y muy amada mujer, y nuestros descendientes en cualquier grado, haciéndose los tales entierros y depósitos dentro del lugar…”

 

En el estatuto XI del Titulo XII también se puede leer lo siguiente:

“Encargo a los sucesores de mi Estado y Mayorazgo, como patronos que han de ser de esta Iglesia, la favorezcan, amparen y ayuden, y defiendan y acrecienten con todas sus fuerzas como la cosa más importante que esta Casa tiene en lo eclesiástico, donde están enterrados nuestros antepasados y lo estaré yo y ellos, cuando Dios fuere servido, de manera que todos sigan el ejemplo y pisadas que nos dejaron mis padres, y yo en lo que he podido las he procurado imitar y todos los días lo pienso hacer, esperando en Nuestro Señor que, favoreciendo nosotros esta Iglesia, honrará y amparará siempre nuestra Casa para su santo servicio…” (121)

Así mismo dictó una serie de normas muy precisas para el cuidado de su librería, o biblioteca, una de las mejores de su época, por la que sentía una especial predilección.

 

Los últimos días de Olivares

Estaba Olivares cada día peor de salud, se fatigaba al andar sólo unos pasos. Su cabeza decaía por momentos. Su confesor el padre Ripalda, sólo pedía para él caridad, pues se hallaba “en estado miserable de congoja, de deshonra y de pesadumbre”. Lentamente, sus preocupaciones terrenas se iban esfumando en su conciencia, mientras en la Corte madrileña, la nobleza seguía creyendo que desde Toro, don Gaspar esperaba el momento idóneo para coger de nuevo las riendas de la privanza.

Hacia mediados de julio de 1645 su enfermedad entró en su fase final, los testimonios de los familiares, médicos y criados del Conde Duque, que declararon en el pleito de sucesión, dieron cuenta de los últimos días de don Gaspar de Guzmán. Diego de Llamazares, ayuda de cámara de don Gaspar, describe así el comienzo del trance final de su amo.

“El sábado 15 de julio se levantó el señor Conde Duque a cosa de las seis de la mañana y confesó con el Padre Ripalda, después de haberle mandado al testigo que hiciese poner un caballo que llamaban Meló y una jaca que llamaban Monterrey, para ponerse a caballo en el campo, y dejó el testigo al Padre Ripalda en su aposento para confesarle cuando fue a mandar componer los caballos, y cuando volvió a subir, le halló oyendo misa en el oratorio de su mujer y allí recibió a Nuestro Señor, y luego, habiendo tomado un poco de miel rosada, se fue en una silla a San Ildefonso, y el testigo acompañándole, donde oyó tres misas en el altar de Nuestra Señora, y de allí, se metió en el coche y con él el Padre Ripalda, Luis de Alcázar, el testigo, José de Isunza y Nicolás Ontañón, pajes, y fue a pasearse al campo, por la vuelta de Morales, por donde solía, y estando en el campo, le dijo el testigo que se sirviese de ponerse un poco a caballo, que lo solía hacer, y le respondió algo colérico que volviese el coche a casa, que no estaba para montar a caballo, y con esto, se volvió una hora antes que solía, y siempre que volvía a casa, le salía a recibir al aposento donde dormía, la señora Condesa su mujer, y como aquel día vino antes de lo acostumbrado, se adelantó el testigo y entró en el aposento de la señora Condesa y le dijo que el señor Conde no venía bueno”, fue su última salida.

Así nos cuenta el doctor Gregorio Marañón, las enfermedades y muerte del Conde Duque

Olivares, a pesar de su buen aspecto, no tuvo nunca una salud perfecta. Diversas referencias indican que desde joven se apoyaba, para poder andar, en un bastón de puño en travesaño o muletilla, que suelen llevar, los gotosos porque les alivia de la presión dolorosa que sufre el pie al pisar. No abandonaba nunca esta muletilla, ni aun cuando hablaba en público. La Reina misma regalaba al valido “muletillas de madera y hechura extraordinarias”.

La ciencia moderna ha precisado que la gota es una afección común en estos individuos, como Olivares, pícnicos, gordos, corpulentos, de tendencia a la calvicie e hiperviriles. Esta enfermedad hereditaria y la sufrió también su hijo Enrique Felipe.

El Conde Duque, en los años de fausto y licencia que precedieron a la privanza, tuvo una mesa famosa, de ella dice Roca que “el saber servirla era ciencia” y fue lo que le hizo gotoso. Luego, conforme se sentía agobiado de achaques y responsabilidades, y sobre todo conforme su espíritu se vencía hacia el ascetismo que dominó el último tercio de su vida, se fue haciendo sobrio y durante la época de su gobierno nos dice el mismo y fidedigno autor que “come poco, de lo común, sin aparato y aun con asomos de indecencia”, es decir, de pobreza. Siri también nos dice que “era sobrio en la comida, no bebiendo, de ordinario, más que agua en las comidas y a veces un poco de vino para fortificar su estómago”. Pero los datos más significativos sobre sus hábitos dietéticos los da el doctor Cipriano de Maroja, que asistió en consulta al Conde Duque en su última enfermedad y que los recogió directamente de su colega el doctor Lázaro de la Fuente, médico de Toro, que le conocía bien. Por su puntual relación sabemos que,  “su comida era moderada, pero muy picante, la bebida, muy corta, y en lugar de ella tomaba quintaesencias de cosas aromáticas con que se abrasaba, encendía y consumía el calor natural”.

A los factores alimenticios se unía, para fomentar la enfermedad, la obligada vida de reposo a que le condenaba su inmenso trabajo. Poco a poco fue olvidando su gusto por la equitación. Raramente salía a caballo a partir de 1630, a las cacerías iba en carroza y apenas se bajaba de ella. Cuando salía de Palacio iba siempre en silla o en coche. En 1637, cuando el Príncipe Baltasar jugaba en su jaca a las lanzas con sus meninos, intentaba correr a pie, a su lado, para que no se cayese y se sentía morir de cansancio. Sin embargo hasta el final de su vida montaba a veces en el campo, en aquellos sus caballos mansos a los que daba nombres de personas conocidas.

Con rigor de médico, describe así el doctor Maroja las costumbres del ministro, “su ejercicio era poco, con que por falta de él se llenó de flemas y crudezas y por estar tan grueso, cuando andaba se le aceleraba la respiración y se fatigaba, daño éste común a los grandes señores que no hacen ejercicio y si lo hacen es fuera de tiempo y el que no conviene para la salud. El sueño era fuera de tiempo, pues dormía antes y después de comer y antes de cenar, con que después de la cena no podía dormir y entonces sus criados procurando inclinarle a sueño, le cantaban de noche”. El mismo Olivares escribía en 1636, “No duermo de noche, ni de día muchas veces, que es señal mortal en Mí”.

Gordo, medio inútil, andando lentamente apoyado en su muletilla, fatigándose en cuanto daba unos pasos, agotado e insomne, sostenido a fuerza de excitantes, al llegar a lo que entonces se llamaba “la primera senectud”. Los retratos de Velázquez, demuestran el rápido envejecimiento que le fue ganando en aquel bufete suyo, donde en las horas de la madrugada, a solas con su conciencia torturada, gravitaba sobre su responsabilidad la pesadumbre de dos continentes en guerra y una España que se deshacía. Uno de los italianos que por entonces le conocieron describe su tez como de color “entre la tierra y la ceniza”. Pero su descomposición física se puede comprobar gracias a los dos retratos que le pintó Velázquez con apenas catorce años de diferencia.

Al salir de Palacio por última vez, se le vio vencido y derrotado, obligado a bajar las escaleras en silla de manos. En Loeches envejeció aún más y en Toro empeoró todavía. En noviembre de 1643 tuvo una erisipela grave, por la que hubieron de sangrarlo tres veces, y en abril siguiente repitió el mismo mal y se le hicieron otras tres sangrías más. En los primeros meses de 1645 era cada vez más evidente su declinación. La salida de la Condesa y de su hijo de Palacio fue para él, un golpe moral mucho más fuerte que su propia caída.

El humor de Olivares, fue siempre extravagante, acentuaba sus rarezas y en 1641 algunas referencias de extranjeros le daban por loco. Se quejaba de debilidad cerebral, “me hallo tres meses ha en grande aprieto de mi cabeza”, decía, en el año 1639. Sus ideas se iban haciendo obsesivas. La memoria se le debilitaba de tal manera, que olvidaba que había hecho testamento.

El día 15 de julio de 1645 la enfermedad entró en su fase final y el trastorno mental se hizo escandaloso. Y en los días que siguieron, hasta su muerte, no cesó de delirar. En los momentos más graves, “se reía, daba la mano, se divertía con el paje Burrigay y consumía el tiempo en vanas conversaciones”. Dos días antes de morir, su criado Llamazares, que le velaba, cuenta esta escena tragicómica, “a las cuatro de la mañana sacó el brazo derecho el señor Conde y abrió el ojo izquierdo y, riéndose y teniendo el otro cerrado, comenzó a hacerle cosquillas, como acostumbraba”. No atendía a razones. Y repetía palabras, a todas las preguntas que se le hacían, contestaba, “Mi mujer, mi mujer” y “Cuando yo era rector en Salamanca”.

El Conde Duque murió en estado de demencia y este estado fue la culminación de un largo proceso, que arrancaba en su temperamento y que las agresiones de la vida fueron desarrollando hasta el trance mortal.

 

Agonía y muerte del Conde Duque

Asistieron a don Gaspar tres médicos, Francisco Medina, como doctor de cabecera, Lázaro de la Fuente, que le veía en consulta, ambos de Toro, y Cipriano de Maroja, catedrático de Prima en Valladolid, famoso en su cátedra, autor de tres obras de Medicina, que se publicaron a partir de 1641, y que más tarde se reimprimieron en Francia, y elevado no hacía mucho a los cargos de médico del Santo Oficio y de la cámara del Rey. Le llamó en consulta a Toro la Condesa, sin duda por ser médico de cámara, porque Felipe IV tenía aún estas deferencias con el Conde de Olivares. Llegó de Valladolid el lunes 19 de julio, “entre la una y dos de la noche”. Maroja empieza por relacionar, la muerte con las circunstancias personales del Conde Duque, su robustez y obesidad, así como con sus malos hábitos, el abuso de las bebidas especiosas, el excesivo trabajo físico, la tensión perpetua de la imaginación, la vida desordenada y el sueño irregular. En estas condiciones sobrevino la fiebre el día 15, que se manifestó por intenso delirio, por lo que fue sangrado el domingo 16. Llegó el doctor en la madrugada del lunes y encontró al enfermo, sentado en la cama, delirando y diciendo a grandes voces, “Ea, ¿no venís? Dad acá presto, acabad”, y otras palabras confusas en las que mostraba su deseo de vestirse, sin que pudiera calmarle. Se le volvió a sangrar el mismo lunes por la noche, con gran trabajo, pues, “como era robusto y deliraba, aunque éramos muchos para tenerle y todos, según sus fuerzas, parecíamos pocos, con que se derramó la sangre por la cama y se hizo la sangría de mala manera”. Luego se le dio una ayuda, “que inclinó el humor al vientre”, haciendo “hasta el miércoles por la mañana veintidós o veintitrés cursos de humores crecidos y coléricos”. Recobró ligeramente la conciencia, conoció a su hijo, el Marqués de Mairena y a otros que entraron en la sala. Fue entonces cuando se confesó y dio el poder para testar a la Condesa. La fiebre remitió. Desapareció el delirio, pero “quedó como suspenso y estaba olvidado y no hablaba si no le preguntaban, indicio claro de que le faltaban las especies de la memoria”. Le trajeron la comida y “comiendo se le olvidaba el bocado en la boca, sin atender a lo que hacía”. Acabada la comida, la calentura volvió a crecer, pero ya sin delirio, sino “con un sueño profundo y una privación de sentido y movimiento y, sobre esto, mucha dificultad de respiración”. Comenzó el estertor, “haciéndose el caso desesperado”, y el sábado 22 de julio, entre las nueve y las diez de la mañana, murió. Uno de los criados declaro que “tenía el cuerpo llagado por la espalda, tanto que parecía estar comido”.

 

La muerte fue natural, provocada por la gota y la arteriosclerosis.

La capilla ardiente y el entierro

Fue un funeral extraordinario, en el que la pompa se mezcló con la podredumbre con aquella naturalidad que reflejan en sus cuadros el pintor sevillano Valdés Leal (122 a y b). Una narración anónima, que corrió por entonces, dice así, “Tuviéronle a la vista del pueblo el día siguiente, lunes 24, en una sala muy grande, y en ella había tres altares y la cama, donde estaba el cuerpo, arrimada a la pared, debajo de su dosel. La colgadura de la sala y la almohada que tenía debajo de la cabeza eran de una materia muy rica, enviósela, hará tres meses, el Duque de Medina de las Torres, su yerno y hechura, desde Nápoles, donde era Virrey. Estaba el cuerpo sobre un paño de brocado, con calzón y ropilla de tela nacarada y oro, bota blanca y espuela dorada, de armas muy relucientes, bordado sombrero blanco con cuatro plumas leonadas, manto capitular de Alcántara, y el bastón de general. Así le tuvieron hasta las doce de la noche y le llevaron a la iglesia de San Ildefonso, donde le pusieron en una caja de terciopelo negro con galones de oro y clavazón dorada. Estuvo metido en la misma tribuna donde siempre oyó misa. Cubriéronla y colgáronla toda de bayetas, asistiendo de noche y de día, 12 criados con capuces y hachas amarillas en las manos y cuatro religiosos por la parte de afuera, y en todos los altares incesantemente diciéndose misas y responsos de todas las religiones que hay en aquella ciudad, por su alma, y también asistido del Cabildo de la Santa Iglesia Colegiata (123). Estuvo así hasta el sábado 29 de julio, que se esperó la orden de S. M. para poderlo llevar a su enterramiento de la Villa de Loeches. La Condesa, su mujer, aguarda la misma orden para irse con su marido. Éste es el estado que hoy tienen las cosas del Conde de Olivares. Y, sobre todo, que huele tan mal que no se puede entrar en la tribuna donde está, sin que baste el bálsamo a corregir la corrupción. Dios le tenga en su santa gloria. Amén”.

Todo fue extraordinario y aparatoso, hasta después de muerto el valido. Se retrasó el entierro tantos días porque el Corregidor de Toro no solamente cumplía con su deber, sino que lo cumplía con tal rigor que, como el Rey le había prohibido que el Conde Duque saliera de su ciudad, extendió la prohibición de salir de la ciudad al cadáver, provocando su putrefacción, porque fue aquél un verano de mucho calor. Hubo por ello que enviarle desde Madrid un ataúd de plomo que pesaba 230 kilos, y para transportarlo se hizo un gran carretón. La Condesa, (124) había llegado el día 5 de agosto a Loeches para esperar la llegada del entierro. Éste se puso, al fin, en marcha y llegó a Madrid el 10 de agosto, con una fuerte tormenta de truenos y rayos. Así relata el suceso, en una de sus cartas, el jesuita Padre Sebastián González.

“El día que murió el Conde hubo una grande tempestad, en Valladolid cayeron tres rayos, algunos afirman que fue de la misma suerte en Toro. Llegó cerca de Madrid la víspera de San Lorenzo y estuvo el cuerpo en N. S. de Monserrate, (125) aguardando a que el Marqués de la Puebla llevase el de su hija, que estaba depositada en Santo Tomás (126), para enterrarlos en Loeches a padre e hija. Este día hubo en Madrid una de las mayores tempestades que se han visto, con truenos estupendos. Cayó un rayo en una torre de la casa del embajador de Alemania y quemó un pedazo de ella, otro junto a San Pedro, que es parroquial de esta villa. Éste no hizo daño, como tampoco dos centellas que cayeron, una en casa de un clérigo, cerca de nuestro Colegio, y otra cerca de la Casa de Campo. Acudió la mayor parte de la Comunidad a decir las letanías delante del Santísimo Sacramento, y quiso Dios cesase dentro de una hora. Lleváronse a Loeches los dos cuerpos para enterrarlos. (127) Al día siguiente acudió mucha gente de la Corte, de los que eran más afectos y otros por razón de Estado. Estuvo tan poco prevenida la iglesia, y los que de ésta cuidaban tan poco advertidos, que no tuvieron música y ofició la misa el cura con dos clerizontes por diácono y subdiácono, y las monjas fueron las que cantaron. Volviéronse los que habían ido, acabado el entierro, y fue tan grande la tempestad y agua que les cogió en el camino, que, con ser tierra llana, parecía el suelo un mar. Volcóse el coche en que iba el Conde de Mora, él salió descalabrado y los demás señores mal aporreados. Éste fue el suceso del entierro del Conde Duque, que, si bien todas estas cosas pueden ser casuales, como estaba tan mal recibido, cada uno habla conforme a su afecto. Los que se lo tenían bueno dicen que quiso nuestro Señor castigar a sus émulos, al embajador de Alemania, porque siempre se le había mostrado opuesto a sus dictámenes, y al clérigo donde cayó el otro rayo, porque dicen hablaba mal del Conde. Tan poco caso hay que hacer de estos dichos como de los misterios que otros han hecho contra el Conde, con ocasión de las tempestades”.

 

Epilogo

Pero es hora ya de dar a este gran protagonista de uno de sus más trascendentes reinados su justa categoría, la de un político excelente, de un ejemplar de humanidad desbordada, ejemplo de la pasión de mandar, de ímpetu exigente, unas veces eficaz y otras yermo, pero siempre magnífico, que ha colaborado en la historia política de los pueblos.

 

Bibliografía utilizada para la realización de la biografía:

  • Epítome de las historias de la Gran Casa de Guzmán.

Juan Alonso Martínez Calderón. 1638.

  • El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar.

Gregorio Marañón. 1936.

  • El Estado de Olivares. Origen, formación y desarrollo con los tres primeros Condes, (1535-1645).

Antonio Herrera. 1990.

  • El Conde Duque de Olivares. El político en una época de decadencia.

John H. Elliott. 1998.

  • Richelieu y Olivares.

John H. Elliott. 1984.